Domingo de Ramos. Año C. Jesús, Camino a la plena esperanza

 Llegó Semana Santa a nuestras vidas. Un tiempo nuevo para reencontrarnos con el Señor, para acercarnos a Jesús, para profundizar en la amistad con él y para mirar su vida, pasión, muerte y resurrección y, de esa manera, aprender sobre la vida verdadera que nos ha prometido en esta vida y en la que tenemos esperanza.

El Domingo de Ramos es un día de muchas lecturas, coronadas con la Pasión de Jesús según Lucas (porque es el año C). Podríamos decir mucho sobre estos textos, pero nos limitaremos en esta ocasión a un simple mensaje de la Pasión: El camino de fe se vive con esperanza. 

La Pasión es un relato extenso de extremo dolor. Las imágenes que se utilizan: la sangre derramada, la entrega, la traición de Judas, la negación de Pedro, la angustia, el sudor de sangre (representación de la intensidad), la cruz, la muerte. No podríamos decir que se trata de imágenes amenas, que podamos mirar apaciblemente. Por el contrario, son imágenes desgarradoras, que nos invitan a la compasión en el dolor. San Ignacio de Loyola nos invitaría en la tercera semana de los Ejercicios Espirituales a dolernos con Cristo doloroso, a pedir quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por nosotros (Cf. EE 203).

Lucas ha insistido en el evangelio que la vida es un camino. Ha presentado a Jesús en una insistente "subida" a Jerusalén. Allí los poderosos no reconocen la gloria de Dios. Y Jesús va cumpliendo su cometido, llegó a Jerusalén y los pobres e inocentes son los que lo reconocen como el Rey y Salvador. La vida verdadera no la definen los poderosos, sino los humildes. Ellos reconocen la verdadera grandeza de las personas, su talante humano y la honestidad de sus intenciones. 

En ese camino, Jesús ha vivido (i) la gloria de los que lo reconocen, (ii) el dolor y el sufrimiento perpetuado por los que sienten amenazados sus poderes e influencias, y (iii) la compasión con los que sufren. Jesús expresa su más profundo deseo: entregar su vida en las manos de Dios (y no en las de sus adversarios), y entrega el último aliento. Ha expirado. 

Acá el evangelista hace un giro de tonalidad. Dejamos el espanto del dolor y damos paso a la esperanza. La vida entregada con sentido, en las manos de Dios, es el motor de la esperanza. Entonces, se suceden 5 eventos de profunda paz:

1. El centurión reconoce que Jesús era un hombre justo (no hace un reconocimiento de su divinidad, como en el texto paralelo de Marcos, sino que utiliza el criterio más humano y lucano posible: la justicia).

2. La multitud que acompañaba cómplice del dolor todos estos eventos, ahora reconoce que algo injusto ha sucedido y saben que no está bien. Se devuelven golpeándose el pecho. El reconocimiento de que la responsabilidad es compartida y que no es sólo de dos o tres.

3. Los amigos y amigas que no se separan en momentos de dolor. Alguien alguna vez me dijo que los amigos son los que se quedan al lado, acompañándote cuando estás mal. Tal vez, esa misma idea tenía Lucas.

4. José de Arimatea, miembro del Consejo, reconoce en Jesús la esperanza del Reino de Dios, y pide el cuerpo del crucificado para darle sepultura digna, como dice el poeta anónimo "en una tumba prestada".

5. Las mujeres, protagonistas siempre de la vida, preparan lo más digno para que a su maestro y amigo no le falte nada en la muerte. 

Tal vez, las últimas palabras de Jesús, son una forma de condensar la entrega de la vida en  manos de hombres y mujeres de buen corazón, llenos de esperanza y sueños. Jesús no sólo entregó su vida en las manos del Padre (sí, siguió llamándole Padre hasta el final), sino que su vida fue puesta en las manos (de José que lo toma y sepulta), en la boca (del centurión que lo proclama justo), en el corazón (de la multitud que golpea su pecho), en los sueños y esperanzas (de sus amigos y las mujeres) de mucha gente honesta que lo sigue, que cree y que lo quiere, también hasta el final.

Lo que pasó después será parte de nuestra reflexión el próximo domingo. Por ahora, comencemos nuestra Semana Santa, pensando en que nuestras vidas están orientadas a la esperanza, pero que esto no es una idea abstracta, sino que es muy concreta. La esperanza cristiana es la vida compartida y querida con y por otros. Cuando se comparten los afectos, cuando se trabaja por un sueño, cuando se cuida a un familiar o amigo enfermo, cuando se lucha por un derecho honesto y justo que beneficiará a todos, entonces, estamos poniendo nuestras vidas en manos del Padre Bueno. Cuando nuestra vida tiene rostros y nombres, entonces, podemos con paz, como Jesús, en medio de los dolores y afecciones de la vida diaria, seguirle diciendo a Dios que en sus manos ponemos nuestro espíritu, en sus manos ponemos nuestra confianza, en sus manos ponemos la vida de todos y todas las que nos rodean.

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ. 









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