Domingo de Pascua. Año C. ¡Feliz Pascua! Todos y todas invitados a resucitar el mundo.
Durante la pandemia, muchos desarrollamos diversas habilidades. Aparecieron un número importante de nuevos mecánicos(as), peluqueros(as), pintores(as), jardineros(as). En tiempos de cuarentena, necesitábamos mantener nuestro espíritu vivo. Y probablemente, en cada casa, apareció un cocinero. Horneamos pan, asamos carnes, creamos nuevos postres. Algo de esto fue lo que viví. Y aprendí que en la cocina se requiere de paciencia, porque todo tiene su tiempo. El pan necesita tiempo para leudar, la carne tiene un tiempo específico para que no se queme, etc. Nosotros, los humanos, también tenemos nuestros propios tiempos y procesos, para la vida diaria y para hacer de este mundo, un mundo resucitado, como Jesús nos pidió.
En el evangelio de este domingo, el autor nos muestra un símbolo de la resurrección y tres personajes. María de Magdala fue al sepulcro pero éste estaba abierto. La tumba es el lugar donde los muertos son enterrados. Adentro, sólo hay muerte, oscuridad, frío. Pero esta tumba estaba abierta. La vida ha salido a la luz, y está entre medio de las personas, no alejada de ellas. Ese es el símbolo de Jesús resucitado: la vida en oposición a la muerte, la luz en vez de la oscuridad y el diálogo e integración en vez de la división.
También el evangelio nos presenta a tres personajes. Cada uno de ellos tiene un camino de fe por recorrer. La Magdalena está allí, como amiga fiel, va a ver a su Maestro, pero la tumba está abierta, y ella no entra. El texto nos dice que "estaba oscuro". No estaba suficientemente claro como para creer. La luz es símbolo de la fe. Ella verá la luz más tarde, cuando Jesús se le presente en privado. También está Pedro, corre hacia el sepulcro, apurado, va adentro, ve todo, pero no sabemos si creyó o no. El discípulo amado llega primero, se agacha para mirar adentro, ve algunas cosas, pero no todo. Entonces, después de Pedro, toma una decisión. Entra nuevamente. Y allí ve las mismas cosas que Pedro vio, pero este discípulo, al que Jesús amaba, "vio y creyó".
Este último discípulo no tiene nombre en el Cuarto Evangelio. Todo el mundo dice que se llama Juan. Pero no es así, o al menos no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que todo el evangelio lo llama "el discípulo amado". Si no tiene nombre, tal vez significa que tú y yo podemos ser ese discípulo también. Que estamos invitados a ser el discípulo o discípula amada, por su relación con Jesús y por el camino de fe que recorrió.
La fe comienza con una experiencia personal de Jesús. Si no tenemos tal experiencia, en verdad no tenemos fe. Podremos saber muchas cosas, pero no seguimos el camino del Maestro. Somos invitados a ser ese discípulo, a tener una experiencia personal de Jesús, es decir, a sentir como él sintió, a estar en el mundo como él estuvo, en medio de los sencillos y apoyando a los maltratados de la historia.
En segundo lugar, el discípulo amado hizo una elección. Él fue, miró, no se dio cuenta de todo lo que veía, y decidió entrar de nuevo. Sólo entonces, "vio y creyó". Somos como él. Vivimos nuestra fe profundamente, seguimos a nuestro Maestro, escuchamos sus enseñanzas, y tratamos de hacerlo lo mejor posible. Pero a veces, no nos damos cuenta de que Jesús está en frente nuestro. Los signos de su resurrección están en frente nuestro. Si resurrección es vida, vale preguntarnos ¿Dónde encuentro vida? en medio de mi familia, mi trabajo, mi barrio. ¿Dónde están los signos de la resurrección, es decir, los sepulcros abiertos de este mundo o aquellos lugares que necesitan ser abiertos, que requieren de luz, justicia y derecho?
Si vivimos nuestra vida cristiana como este discípulo, tratando de vivir como Jesús e intentando encontrarlo en el mundo, trayendo alegría a un mundo que sufre, tal vez podamos sentir en nuestra piel y en el corazón que estamos experimentando la resurrección. Una verdadera pascua. Ese es el día, como dice el salmista, que hizo el Señor.
Que así sea. Aleluya. Amén
¡Feliz Pascua!
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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