3° Domingo de Pascua. Año C. Enfrentados a la vida real y cotidiana, lo único que vale la pena es el amor.

Vivimos en un mundo de protocolos. Todo el que quiere conseguir un nuevo trabajo es entrevistado y analizado, probablemente por un psicólogo laboral. Se nos hacen diferentes preguntas, si tenemos capacitación previa, nuestros títulos, si hemos ejercido liderazgo, nuestra capacidad para trabajar con otros, nuestra productividad, etc. El evangelio de hoy es una de las entrevistas más grandes que alguien podría vivir. El texto retrata la conversación entre Jesús y Pedro,  líder de la comunidad, no por sus habilidades, sino por la capacidad de amar a los demás.

La primera lectura es parte de un juicio. Pedro y los otros discípulos fueron juzgados por el Sanedrín. Y afirman que lo más importante que una persona puede hacer es seguir la voluntad de Dios. Los apóstoles fueron castigados físicamente por enseñar en el nombre de Jesús, y se regocijan al final del texto, no porque sean masoquistas, sino porque su sufrimiento es similar al de Jesús. Quieren seguir a Jesús hasta el final, con todas las consecuencias que ello implique.

Ese Jesús muerto por los hombres y resucitado por Dios, como proclamó Pedro ante el Sanedrín, es el mismo Cordero alabado en el libro del Apocalipsis. Esta segunda lectura es un testimonio de la Gloria del Cordero. Juan está mirando y comparte con nosotros su visión. La resurrección de Jesús no es una victoria cualquiera, se trata de exaltar a todos los impotentes, a todos los que tratan de locos, a todos los oprimidos. Entonces, el Cordero es exaltado, dice la lectura, con poder, sabiduría y fuerza, respectivamente. Como cristianos, deberíamos preguntarnos más a menudo: ¿A quién sirve mi poder? ¿Alguien se está volviendo más sabio o está ganando calma cuando se encuentra conmigo? ¿Estoy luchando por aquellos que no tienen fuerza ni voz para hacerlo? Quizás esas son preguntas para nosotros en este tiempo de Pascua. Si celebramos la resurrección del Señor, tenemos que luchar por la resurrección de todos los que comparten esta vida con nosotros.

Ese es el propósito del Evangelio. Los discípulos están viviendo su vida cotidiana. Están pescando. Pero lo hacen de noche. La noche u oscuridad en el Cuarto Evangelio es la ausencia de Dios. Jesús nos dijo en el capítulo 8, que Él era la luz del mundo. El autor está tratando de decirnos que los discípulos están perdidos trabajando sin Jesús. Cuando ya amanece, aparece Jesús. Él es la luz que envía a sus discípulos a trabajar de nuevo. Y ahora, sí tienen éxito en su misión. Después se nos presenta esa escena de comida medio incómoda. Nadie habla en ese momento. Los discípulos sabían que era Jesús, pero probablemente era difícil aceptar la resurrección si Jesús no se veía exactamente al Jesús que se imaginaban. 

Nosotros tenemos un problema similar. Confesamos cada misa dominical que Jesús está entre nosotros, pero nos cuesta reconocerlo en el rostro de una mujer, de un niño, de un enfermo, de nuestra familia, de nuestros compañeros de trabajo, de un pobre en la calle, de un gay, de un indígena. Esperamos que Jesús sea más evidente. Pero los evangelios son mucho más sabios que nosotros. No dicen que Jesús debe verse como en una película, o con cierto tipo de piel o cabello o color de ojos. El autor de este evangelio nos está diciendo: Jesús puede estar a tu lado. Y solo lo sabrás cuando abras tu corazón para amar a tu prójimo.

Esa es la entrevista de Pedro. Jesús le pide: “apacienta mis corderos”. No le pregunta si es un buen pastor (porque además, era pescador). Tampoco le pregunta si sigue todas las reglas de la iglesia. No. Jesús le pregunta si quiere amar a todos sus hermanos y hermanas. Porque amar es cuidar, es alimentar, es decir “buenos días”, es acoger a todos los excluidos de la sociedad (y a veces de la misma Iglesia). Pidamos al Señor que ponga en nuestros corazones la capacidad de responder a sus preguntas con honestidad y verdad, con amor por la Humanidad. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.

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