5° Domingo de Cuaresma. Año C. No podemos vivir en el pasado. De él se aprende, para seguir caminando.

 Hace muchos años, conocí a una señora mayor, en el campo del sur de Chile. Su casa siempre estaba llena de gente, para el almuerzo, para ver TV, para rezar. Una vez le pregunté "¿qué hace para que siempre haya tanta gente en su casa?", y ella. me respondió "el pasado se queda en el pasado. Yo vivo el presente". Muy críptica su respuesta, hoy la recuerdo con las lecturas de este domingo, que son un llamado a la liberación del pasado. 

Dios advierte a los israelitas, por boca del profeta Isaías: "No recuerden los eventos del pasado. Vean, que estoy construyendo algo nuevo". En la visión del profeta, encontramos una nueva creación, un nuevo éxodo y un nuevo paraíso. El pueblo está volviendo del exilio, camina por el desierto y los animales dan gloria a Dios. ¡Es una fiesta! Y era también un sueño: volverse un pueblo nuevo, en su propia tierra, con una vida nueva, lejos de la opresión y la esclavitud. Una vida de libertad y esperanza.

Pablo tiene una experiencia similar. En este fragmento de la cara a los filipenses, él recuerda su vida pasada y cómo prefiere dejar todo eso atrás con tal de obtener un premio: conocer a Jesús. El Apóstol está en la prisión, enfrentándose a la muerte. Si mira hacia adelante, ve a Jesús y su promesa. Si mira hacia atrás, ve su antigua vida de fariseo. Como fariseo, él se siente habilitado para juzgar a todos, y cree que la salvación viene porque obedece a la ley o a algún criterio personal. Como fariseo, él es su propia salvación. Pablo quiere, sin embargo, mirar hacia adelante. Camina con esperanza y con misericordia, porque ha conocido al Señor.

El texto del evangelio es controversial. Es un fragmento injertado en el Cuarto Evangelio (que podría pertenecer a otro texto), pero que está ahí y nos sigue revelando un mensaje de buena noticia. En el evangelio vemos a Jesús que está sentado (actitud de maestro) o hincado (actitud orante) gran parte de la historia. También vemos a los fariseos y escribas, hombres que querían ser salvos y que estaban bien instruidos en las Escrituras, pero que malinterpretaron la ley. Vemos una multitud. Y vemos a la mujer, que prácticamente no dice una palabra en el relato. Los "justos" traen a esta mujer en adulterio (no trajeron al adúltero), y citan la ley de Hammurabi. Es un código civil, pero que pertenece a los babilonios. Es decir, es el código del exilio, de la opresión, no es el código de la Alianza o de la nueva vida que los judíos esperaban. Esta ley mandaba apedrear a la mujer (y también al varón), y no es parte de la libertad ni de los sueños de Israel. Con su citación, ellos están traicionando su sueño como Pueblo de Dios.

Pero tampoco son tan malos. De hecho, cuando Jesús los increpa, ellos se retiran uno a uno, comenzando por los más ancianos (presbyterós, en griego), mientras Jesús escribe en la arena. Finalmente, la mujer queda a solas con Jesús. El maestro se pone de pie, y ella, perdonada, es liberada para empezar una nueva vida. Está libre de la muerte (nadie la ha apedreado), pero es libre para un nuevo proyecto. Se ha liberado, porque ha conocido a Jesús.

Cuando algo "está escrito sobre roca" es permanente, no puede cambiar. Nuestras intransigencias están escritas sobre rocas. Siempre hay algo en nosotros que no queremos cambiar. "Así soy yo", "Nadie me va a cambiar", "Es lo que hay", son expresiones que solemos decir o escuchar. Este tiempo de Cuaresma, y toda nuestra vida cristiana, es tiempo de conversión. No podemos estar escritos sobre roca. Deberíamos, como lo hizo Jesús, escribir nuestras vidas en arena, y dejar que el viento (pneuma, en griego, la misma palabra para hablar del Espíritu Santo) mueva nuestros criterios, cambie nuestras "leyes". DE ese modo, tal vez, seamos más auténticos, verdaderamente cristianos, juzgando menos al prójimo, y acogiendo a todos y todas con mayor misericordia.

Como los israelitas, como Pablo, como la mujer del evangelio, estamos llamados a ser diferentes, a soñar con una vida nueva, con un país nuevo, con una Iglesia nueva. Para lograrlo, debemos caminar con esperanza, libres de prejuicios y juicios. De esa manera, tal vez, podamos hacer de nuestras vidas, trabajos, familias, barrios, iglesias, espacios de integración, esperanza y libertad. Esa capacidad de vivir en esperanza es la que nos dice, como las lecturas de hoy, que del pasado se aprende, pero que no vivimos en el pasado, sino que seguimos caminando. 

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.

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