2° Domingo de Pascua. Año C. La Paz es don y tarea para la Humanidad... hay que ir a su encuentro en medio de la Humanidad
Vivimos un mundo en guerra, no sólo la más popular del último tiempo entre Rusia y Ucrania, sino también las infinitas guerras de Occidente con Palestina y el Oriente Medio, las guerras económicas de las grandes potencias mundiales con los pequeños países productores, las guerras entre trabajadores y empleadores, las guerras entre el machismo patriarcal y el feminismo, las guerras entre la mentalidad liberal y las tradiciones indígenas de nuestras naciones, las guerras ideológicas, políticas, económicas, religiosas, etc... Frente a esta realidad, hoy nuevamente el Señor Resucitado nos dice "La Paz esté con ustedes". Lejos de ser una ironía, es una tarea que nos encomienda a todos los que esperamos la Vida que sólo él nos ofrece.
La primera lectura nos invita a mirar la vida de las comunidades cristianas, quiénes participan y cómo la comunidad se enriquece cuando no nos anunciamos a nosotros, sino que tenemos el corazón puesto en Jesús. Esos son los verdaderos signos y maravillas que podemos realizar. Pensemos especialmente en el tipo de personas que se acercan a los apóstoles y a la comunidad: los enfermos, los que necesitan, los que están pasándolo mal. A veces, nos acomodamos en un buen templo (aunque usualmente con bancas incómodas), en un lugar en la iglesia, en un sermón que me acomoda, en un coro lindo, y nos olvidamos de lo que realmente se trata vivir en Cristo Resucitado, es decir, ir a las calles y atender a los que necesitan de salud, educación, paz, trabajo, cuidado y dignidad.
La segunda lectura del tiempo de Pascua está tomada del libro del Apocalipsis. ¡Y con toda razón! El libro del Apocalipsis es el libro de la esperanza. El único problema es que domingo a domingo, la liturgia va cercenando el texto, por razones de ir acompañando el mensaje de la Resurrección. En esta ocasión, recibimos el comienzo del texto apocalíptico. Escrito en tiempos de persecución, donde el miedo se podría apoderar de todos los discípulos de Cristo, el escritor del texto se presenta como nuestro hermano y reconoce que la vida en el Resucitado no es una vida "color de rosas", sino que hay tribulaciones y dolores, pero en medio de ellas reina la esperanza y la vida. La presentación que hace de sí mismo el Viviente es que estuvo muerto pero ahora vive y esa vida es para siempre.
El evangelio nos presenta una escena conocida. Jesús que se presenta a los discípulos que están atemorizados y les regala La Paz. Después se presenta a Tomás. Finalmente, el evangelio da la impresión de que nos habla a nosotros. A los reunidos, les da su Paz, no como un signo utópico que niega la vida como ella es; por el contrario, les muestra el cuerpo ultrajado por el dolor y la muerte. Sí. El resucitado es el crucificado. La vida nueva no anula la vida anterior, la enriquece, la resignifica, la levanta del polvo y el dolor, para devolverle su dignidad. Esas vidas oprimidas en manos de los poderosos, esas vidas que no nos gustan porque huelen mal, porque no se visten bien, porque duermen en la calle, porque opinan distinto, porque viven de maneras diferentes, porque son homosexuales o mujeres o indígenas, y a ratos han sido catalogadas como "vidas enemigas", esas vidas son las que nos acompañan en la Resurrección. En ellas encontraremos al resucitado. En esas vidas a las que las instituciones les han quitado la dignidad.
Esa vida es la que Tomás no comprende. Tal vez se imaginaba una Resurrección diferente, más pomposa o más impactante. La invitación del Resucitado a Tomás y a todos nosotros es a hacernos cargo de esas vidas lastimadas y heridas, ultrajadas por el sistema, tocarlas y sentir la vida resucitada que emana de ellas. Tal vez, así seremos más felices, esperando menos "fuegos artificiales" y más realidad, porque allí habita Dios: en la historia, en la vida, en la Humanidad.
Pidamos hoy al Señor que nos siga regalando su paz. Que nos regale paz para salir al mundo a anunciar que la vida verdadera está presente, que se siente hondamente en medio de la gente, de los cerros, de las calles, de las pichangas de barrio, de la familia, de los enfermos, de los excluidos. Allí encontraremos paz y fuerza para vivir en la felicidad de creer de verdad, sin haber visto otra cosa que no sea la realidad.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
Comentarios
Publicar un comentario