4° Domingo de Cuaresma. Año C. La alegría de que todos seamos parte de la misma comunidad...

Estamos en el Cuarto Domingo de Cuaresma, y en medio del tiempo de penitencia, encontramos la alegría de vivir en comunidad. 

En la primera lectura, los hebreos están entrando a la Tierra Prometida, y comen los frutos de la tierra, según nos dice el historiador deuteronomista Josué, y celebran la Pascua. Han dejado atrás la esclavitud para iniciar una nueva vida en esta tierra de liberación y celebración.

El evangelio presenta otra liberación y celebración. La liberación de sentirnos jueces y la celebración de las relaciones importantes. Lucas comienza su texto diciendo que hay dos audiencias para sus historias. Por un lado, están los recolectores de impuestos y los pecadores, que están dispuestos a escuchar a Jesús. Por otro lado, están los fariseos y los escribas que murmuran, como el pueblo de Israel murmuraba contra Moisés en medio del desierto. Luego, Lucas nos presenta esta única parábola en tres historias. El hombre que perdió la oveja (fuera de la casa), la mujer que perdió la moneda (dentro de la casa) y el padre cuyos hijos se han perdido (fuera y dentro de la casa).

Ambos hijos están perdidos, como la oveja y la moneda. El hijo más joven no sabe qué hacer para volver a casa y trabajar con el padre. Se está juzgando a sí mismo severamente, y se dice, en el fondo, que él no puede participar de la comunidad. Al padre no le importa ese juicio, y ofrece una celebración para su hijo. El padre reinstala al hijo en el seno de la comunidad.

El hijo mayor también está perdido, y además está enojado. Se juzga a sí mismo como un esclavo (literalmente no dice "hace tantos años que te sirvo", sino que dice "hace tantos años que he sido tu esclavo"). Eso es lo que el padre no entiende. Está invitando a su hijo mayor a ser parte de la comunidad que celebra, pero el hijo no quiere ser parte. El hijo ha perdido su relación con el padre (la ha convertido en algo comercial o transaccional) y también ha perdido su relación con su hermano.

El padre quiere que ambos hijos sean parte de la comunidad que celebra. Nosotros podemos ser el hijo mayor o el menor. Podemos estar perdidos, porque no hacemos el bien a los demás, porque no somos justos, porque dejamos que la gente se muera de hambre o hay grupos humanos a los que no les permitimos ser plenamente parte de nuestra comunidad (LGBT, indígenas, migrantes, pobres, divorciados, mujeres, afrodescendientes, etc.). De cualquier manera, cuando nos damos cuenta de que la voluntad De Dios es que todos sus hijos e hijas sean miembros plenos de la comunidad, tú y yo también podemos dejar de juzgarnos y de juzgar a otros. Alguien me dijo que uno es el peor juez que tiene. Y Dios viene a liberarnos de ese juicio.

Dejemos a Dios ser Dios, que pueda abrir sus brazos y acogernos a nosotros y a todo. En este domingo, llamado de la alegría en la Iglesia, preguntémonos ¿por qué estoy contento hoy, qué me ha hecho feliz este día? ¿qué acciones que pueda realizar, llevará felicidad y plenitud a la vida de otros?

Cuando compartimos nuestra alegría de ser parte de la comunidad, podemos decir junto a San Pablo "que lo antiguo ha desaparecido y lo nuevo se ha hecho presente". Hagamos de nuestras vidas y de nuestras comunidades (familias, colegios, barrios, países), lugares donde los "perdidos" se "encuentren" , como el pueblo de Israel a las puertas de la Tierra Prometida, como el Padre en la historia de Lucas, como nosotros cuando reconocemos la misericordia y esperanza que habita en nuestros corazones.

¡Celebremos! Amén

P. Juan Salazar Parra, SJ.



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