4° domingo del Tiempo Común. Jesús: "Nadie sabe para quién trabaja" ¿o sí?

 Hay una antigua frase que la he escuchado como refrán repetido: "Nadie sabe para quién trabaja". Normalmente, se dice cuando alguien se beneficia de algo que no estaba planeado originalmente para su beneficio. Algo de eso, les ocurre a los israelitas del relato de Lucas en el evangelio de este domingo 4° del Tiempo Común. Jesús les viene a enseñar no sólo, como veíamos la semana pasada, que su proyecto del Reino se inicia "hoy" (y, por extensión, todos los días), sino que sus destinatarios no son sólo los que lo oyen y los que adoptaron una forma específica de religión, sino todo aquél que abre su corazón y obra según los criterios del amor (como nos recordará Pablo en la carta a los Corintios).

La primera lectura ofrece la historia de la vocación de Jeremías y lo que el profeta debió sufrir por ser consecuente con su misión. Jeremías sabe que el contexto no le será fácil, que lo intentarán amedrentar y combatir, pero, al mismo tiempo, sabe que no está solo. El Señor está con él y será su liberación. Es decir, gracias a la presencia de Dios, Jeremías puede ser Jeremías, puede ser él mismo, y desarrollar una vida auténtica.

Jesús, en el Evangelio, causa asombro. La gente se maravilla de lo que escucha de la boca de Jesús, pero ese asombro es, al mismo tiempo, un espanto. No saben cómo se hará, ni qué costos tendrá para el sistema lo que Jesús propone. De allí que el Señor les recuerde que ese anuncio debe superar los límites de la razón judía. Ese año de gracia que anunciaba (eniautón kiriou dektón) se contrapone a que ningún profeta es bien recibido en su pueblo (profetas dektós). La traducción tal vez no nos ayuda, pero es la misma palabra para ambas frases, es decir, la gracia que es presencia de Dios, no la experimentará en medio de los que debieran escucharlo. Al contrario, esa gracia la encontrará en los que menos se espera: los despreciados y los excluidos. 

A veces, nos parece que el mundo carece de gracia (dektós). Y las luchas, la vida misma nos va ensombreciendo. El verano, con su luz, suele ser un tiempo de reencuentro familiar y de disfrutar de las bondades de la gracia:. Todos estamos invitados a mirar la gracia que habita en nuestra vida y en la de la sociedad. No sólo en aquéllos que son evidentemente agraciados, sino en todos. La gracia que nos llega cuando se derrama una copa de vino en la mesa y la tía grita "alegría, alegría", la de los niños que juegan en las tardes, la de los paseos a la playa o la montaña, la de despertarse más tarde, la de regalonear un domingo en casa, la de leer un buen libro o ver una buena película, y también la gracia de ver un país más diverso, cuando escuchamos distintos acentos en las calles o diferentes tipos de músicas en los barrios, un país en el que el amor se puede concretar para todos y todas por igual, que reconoce los derechos de nuestros ancestros, ancianos e indígenas, en las luchas de las mujeres por reconocimiento y dignidad. En esas y muchas otras instancias proféticas, podemos encontrar la gracia presente y actuante de Dios que nos libera (como a Jeremías). 

Cuando todos crean que a Jesús sólo lo encontramos los que confesamos un credo religioso, hagamos nuestras las palabras de San Pablo, vivamos el amor para que "no pase jamás". Cuando todos creían que Jesús venía exclusivamente a los hombres de fe de Israel, él se mostró compasivo y cercano con las mujeres, migrantes, pobres y enfermos, en el fondo, todos vamos descubriendo para quién trabaja... ¿y para quién estoy trabajando yo?

Que la gracia de Dios, nos ayude en este camino de seguimiento de Cristo y su proyecto.

Que así sea. Amén. 


P. Juan Salazar Parra, SJ.



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