3° domingo del Tiempo Común. Año C. Todos llamados, sin distinción

 Después de unas semanas, retomamos nuestras reflexiones dominicales. Esta vez, para adentrarnos en el mundo del Tiempo Común u Ordinario del Ciclo C del año litúrgico. Pasado el tiempo de Navidad, llegaron los domingos epifánicos, como me gusta llamarlos: el de Epifanía, el del Bautismo y el de las Bodas de Caná. Todos estos tres muestran la manifestación y grandeza de Dios en la persona de Jesús. Esa persona nos será mostrada a lo largo del año litúrgico, por sus palabras y obras, es decir, por su vida. De ahí que, junto con Ignacio de Loyola, podamos decir que queremos conocimiento interno (profundo) del Señor para más amarlo y seguirlo.

En esta ocasión, el evangelio de Lucas nos cuenta el propósito que tiene su narración: dar cuenta de la historia de Jesús para todo el que lo quiera amar y seguir (por eso está escrito para Teófilo, es decir, un amante de Dios). Luego, da un salto y nos presenta la escena en la sinagoga. Allí, Jesús toma el libro del profeta Isaías y da a conocer su misión, es decir, devolver el derecho y la justicia al mundo: dar vista al ciego, liberar al oprimido y al cautivo, y anunciar la alegría del jubileo. Y, lo más importante, esto, dice el texto, se ha cumplido "hoy". 

La palabra "hoy" (igual que "ayer", "mañana", "yo", "tú", etc.) corresponden, en lingüística, a una categoría pragmática que se llama "deícticos", es decir, palabras que tienen su significado dependiendo exclusivamente de su contexto. Por ejemplo, si alguien lee en voz alta un papel que dice "yo soy astuto", todos creeremos que es esa persona [y no otra] la astuta. Pero si otra persona toma el mismo papel y lee lo mismo, todos pensaremos que la astuta es esta otra persona, y así sucesivamente. Por eso decimos que depende del contexto (de la persona, objeto, el momento o el lugar donde se diga). 

Perdonando la "lata" de esa explicación, que la Buena Noticia, es decir, el mensaje del evangelio sea un deíctico porque se cumple "hoy", no solamente nos dice que se cumplió cuando Jesús lo declamó en medio de la sinagoga, sino que cada día estamos invitados a cumplirla, o sea, a hacerla verdad. El hoy de Jesús es también el hoy de nosotros. Cuando vemos gente sufriendo en las calles, las eternas listas de espera, personas denostadas por pertenecer a una comunidad indígena o a una identidad LGBTIQ+, por ser de raza o nacionalidad diferente, etc. En todos esos momentos, los cristianos estamos llamados a hacer verdad el mensaje del Evangelio, es decir, a darles libertad a los que sufren, a permitirle a la comunidad creyente que pueda ver con ojos nuevos y que todos vivamos en alegría la posibilidad de una nueva sociedad. Ese es nuestro hoy y esa es nuestra misión.

El profeta Nehemías nos presenta a Esdras que, en la primera lectura, cambia los códigos religiosos del judaísmo. Ya no se pide el sacrificio, sino la lectura de la Ley. Ahora es la palabra de Dios la que debe guiar los pasos de su pueblo fiel. Tanto es así, que el apóstol Pablo insistirá en que, sólo desde la comprensión en la que todos estamos invitados a participar del proyecto de Jesús, porque todos tenemos un lugar en él, podemos realmente ser Iglesia.

Dejémonos interpelar por esta imagen de Jesús que hoy nos presentan las lecturas. Un Jesús, cuyo proyecto, grande y desafiante nos anima hoy (y cada día) a hacerlo realidad, formando una comunidad verdadera donde todos nos sentimos parte, sin distinción. Cuando queremos renovar la Iglesia, y declaramos que necesitamos un cambio, es cierto, y también es cierto que dicho cambio se realiza única y exclusivamente en los deícticos: "nosotros" y "hoy". La responsabilidad es nuestra y es ahora.

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.






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