Nochebuena... La vida alegre que sale al encuentro de todos!
De pequeño me costaba entender el popular villancico "Noche de Paz". Lejos de ser una noche apacible, era una noche atómica, entre cocinar la comida, el arreglo de la casa, los regalos, recibir invitados, ir a Misa, cenar, esperar la medianoche... Y en los cerros de Valparaíso, los niños saliendo a la calle a mostrar sus nuevas ropas, los regalos, las bicicletas, los balones de fútbol, las pelotas saltarinas, el skate, etc. Difícilmente, podría decir que era una noche de paz; o no era, al menos, como la imaginaba a esa edad. Es una imagen similar la que me recuerda el evangelio y las lecturas de la Noche de Navidad.
El profeta Isaías habla a un pueblo que camina en las tinieblas de la opresión. El sistema les ha caído encima a los israelitas y la esperanza se ha perdido bajo el dominio asirio. Sin embargo, el profeta irrumpe con un canto de alegría y esperanza. El imperio ha sido derrotado y se levante, de en medio del dolor, la vida de un niño que reinará desde el derecho y la justicia, para traerle paz a su pueblo.
San Pablo, por su parte, nos recordará que estamos a la espera de la venida del Salvador, que vivimos la Historia con nuestra lógica, a nuestros modos. Al mismo tiempo que nos enseña que es en ese espacio real y "terrenal" donde vivimos lo más "divino": el cariño incondicional de Dios que se manifiesta en nuestras obras.
Es decir, no se trata de arrebatos místicos ni de esperanzas ilusas, ambas lecturas nos ayudan a ponerle rostro a la vida, a Dios mismo y a su presencia en nuestras propias historias.
El Evangelio exulta de alegría. Es verdad que comienza con una escena muy cotidiana: el censo. Esa cotidianidad se transforma en tristeza: nadie los quiere recibir. La tristeza, en solución para que la vida llegue: lo acuestan en el pesebre. Y la vida se convierte en profunda alegría. El Nacimiento de Jesús no viene a ser el opio de nadie, ni para ninguna situación. La vida trae consigo dolores, tristezas, pérdidas, soledades, injusticias; sin embargo, la presencia de Jesús nos regala esperanza y nos invita a vivir en una nueva sociedad.
Aparecen los ángeles, venidos "de arriba", que animan a la confianza y que transmiten la alegría de una buena noticia. Tanto es así que cantan la Gloria de Dios. Los pastores, humildes, "de abajo" (no quiero entrar en disputas por denominaciones futbolísticas, ya que no es el caso), despreciados por la sociedad, reciben esa noticia, y se dirigen a Belén, cuentan lo que les pasó con los ángeles y todos los admiran (eso lo dirá el evangelio de la Misa del Alba). Gracias a la comunicación efectiva entre lo divino y lo humano, entre el sueño de Dios para la Humanidad, y la respuesta comprometida del ser humano, entre los ángeles y los pastores, un nuevo orden se nos presenta. El Señor nos invita a construir un espacio donde no haya unos y otros, sino "nosotros", una sociedad donde podamos superar los rencores y avanzar en la edificación de paz, esperanza y alegría.
El revuelo del Nacimiento de Jesús es grande. Los ángeles cantan, los pastores corren, todos dialogan, se ofrece a la Humanidad un nuevo proyecto: La alegría. Igual como sucedía con las Navidades de cuando éramos pequeños, que eran "Noche de otra Paz", una paz que llenaba el corazón y le permitía celebrar, alegrarse, danzar, disfrutar, reír, aunque sabíamos que la mesa tenía menos comensales o el menú no era el más fino. Esa es la Paz de Jesús, que moviliza, alegra y no nos enceguece sino que, al contrario, abre los ojos y el corazón para salir al encuentro de otros.
En pleno proceso constituyente y con un nuevo gobierno por venir, que sea la Paz de Jesús, la que anime el proyecto de país que queremos construir entre todos, entre los de arriba y los de abajo, los de izquierdas y derechas, los del centro y la periferia, los chilenos y extranjeros, donde todos somos verdaderamente "nosotros" y nadie sobra, porque vivimos desde la Buena Noticia y es para todos.
¡Feliz Navidad!
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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