Domingo 4 de Adviento. La alegría y la salvación están a la vuelta de la esquina
Estamos a las puertas de la Navidad. En pocos días más, muchos de nosotros nos reuniremos en familia a celebrar, con alegría y, de ser posible, con comida y algún intercambio de regalos. Ojalá lo vivamos con humildad, pero con profunda alegría, como el mismo Señor y su Palabra nos lo revelan en la Nochebuena y también lo anticipan en el evangelio y las lecturas de este domingo 4° de Adviento.
El evangelio de Lucas coloca en la misma escena a dos futuras madres. Se podría destacar el carácter solidario de María que, joven y embarazada, va al encuentro de su prima mayor, que está a punto de dar a luz. Sin embargo, el texto es más sutil y nos quiere transmitir otro mensaje más hondo. Están ambas mujeres juntas, para que, en el encuentro, puedan alabar juntas a Dios. Dicha alabanza es una muestra de profunda alegría. En el vientre de Isabel, "salta" el Precursor. El salto es un presagio de la alegría del vínculo (ya lo muestran otros textos como Gn 25,22). "Sólo una madre sabe lo que el hijo está pensando o sintiendo", es una expresión muy común en nuestras poblaciones y conversas. La maternidad conecta de una manera única con la nueva vida y le faculta para reconocer sus estados de ánimo. Sólo Isabel está autorizada para interpretar el salto de su hijo: "el niño saltó de alegría en mi vientre". De ahí que lo importante del salto es que el encuentro con otro produce alegría en nuestra vida. Tal vez, hoy más que nunca tenemos conciencia de ello. Después de meses aislados, cuando nos reencontramos con nuestra familia o con amigos, saltamos de alegría. Hay encuentros que se generan por conveniencia y hay encuentros que se generan por afecto profundo. En el nacimiento del Salvador, Dios viene a nuestro encuentro, porque nos ama. De ahí que sea un encuentro de alegría.
Dicha alegría sólo tiene un sustento: La fe de María. Isabel declara a María "Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado por parte del Señor". María, una vez más (y como destacará el evangelio de Juan) no sólo es una niña cualquiera escogida para ser madre del Mesías, sino que es modelo de fe para nosotros. La confianza plena en lo que Dios le ha invitado a vivir es, probablemente, la mejor manera de ser feliz. Quien desconfía está siempre pensando que arruinarán sus planes, no es capaz de disfrutar de la gratuidad de un encuentro. La felicidad no es, entonces, un estadio final después de largos esfuerzos. o una meta a cumplir Por el contrario, la felicidad es un proyecto diario, es una actitud de vida, que renovamos todos en nuestras casas, familias, trabajos, amistades. Optamos por vivir en alegría. Aun cuando a veces nos decaemos y/o estamos deprimidos, nos ponemos en camino para transformar ese "bajón" en un aprendizaje para fortalecer la vida alegre. Sólo quien confía en la vida puede vivir desde la felicidad.
En la primera lectura, a modo de bocadillo (diría el P. Konings), el profeta Miqueas nos anticipa que el Mesías ha de venir de un lugar pequeño y humilde, pero que su misión y nuestra alegría serán mucho mayores. Es la paradoja de Dios, que se fija en la minúscula ciudad de Belén para ofrecernos un proyecto gigante: La plenitud de vida.
Estamos en plenas elecciones de segunda vuelta, y muchos argumentos se pueden esgrimir para favorecer a un candidato o al otro. Sin embargo, la única pregunta que realmente debemos realizarnos los hombres y mujeres de fe, es si el proyecto que nos están ofreciendo se vincula al evangelio, es decir, es sencillo y nos invita a la plenitud a todos los hombres y mujeres de este tiempo, o si es mezquino e intenta salvar las grandes estadísticas y a los poderosos y corruptos. Sólo uno de ellos saldrá electo presidente. Esperemos que sea el que se parezca más al modo de proceder de Dios, porque la alegría y la salvación están a la vuelta de la esquina, y no queremos perdernos en el camino.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar, SJ.
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