Domingo 3 de Adviento. Esperanza alegre, la única forma de ser cristiano

 No es fácil estar alegres cuando el mundo nos da muchas razones, a diario, para permanecer frustrados y desconfiar unos de otros. La pandemia poco ayuda, porque nos ha hecho alejarnos físicamente de nuestros seres queridos y de actividades que antes realizábamos con frecuencia y naturalidad. Frente a esa realidad, las lecturas de este domingo, nos invitan a la alegría exultante, al gozo permanente, porque no estamos solos ni somos invitados a vivir en las penumbras. Un hombre o mujer que confiese su fe en Jesús, es decir, un seguidor, está llamado a vivir en alegría y a transmitirla.

La primera lectura del profeta Sofonías insiste en un mensaje al pueblo de Jerusalén: "El Señor está en medio de ti". Por eso, el profeta, que escribe pensando en el destierro, puede proclamar con seguridad la alegría y la consolación. Dios no condenó a su Pueblo, sino que le ha dado fuerza y coraje para sobrellevar la frustración. En este sentido, la alegría no es un sentimiento superficial, ni se gana simplemente de la noche a la mañana. La alegría se construye. Nos debemos esforzar por vivirla y por mantenerla en nuestro entorno. Pareciera que lo más natural es la desgracia. La invitación a toda la Humanidad es a permanecer en la alegría, es decir, en la confianza y el consuelo, porque no estamos solos, el Señor está con nosotros.

San Pablo en la carta a los Filipenses insiste en la alegría. Aunque en tiempos de Pablo se creía que Jesús iba a volver, es decir, que el Juicio Final estaba muy cerca, el mensaje paulino es que la cercanía del Señor es motivo de alegría y cariño para la vida de la comunidad. No es posible entablar un proyecto de familia, ni un proyecto personal, y mucho menos un proyecto de país desde la lógica del terror. Quien nos quiera convencer de que la tragedia está a la vuelta de la esquina o quiera inspirarnos miedo para seguir a uno u otro candidato, no se ha encontrado verdaderamente con el Evangelio de Jesús, ni con lo que varios teólogos han llamado el evangelio de Pablo (el mismo Pablo en Rom 2,16 y, entre otros, el Dr. José González Ruiz, que publicó el libro "El evangelio de Pablo" en editorial Sal Terrae), que no es otra cosa que la transmisión de la alegría de la Buena Noticia con fe, esperanza y caridad. Cuando Pablo, en esta lectura, nos habla de bondad, no está hablando del "bonachón", ni del que hace todo lo que el resto le pide sin reclamar. La bondad paulina no es un término simplón. La palabra usada en el texto original es epieikes, es decir, el buen vivir, la apertura y la acogida, es decir, es una palabra que invita a tener un buen relacionamiento con los demás humanos. Sin alegría no hay bondad profunda que sostenga nuestros proyectos. Sin bondad no podemos convivir sanamente. Por eso, la alegría es el centro de todo sueño, porque nos permite relacionarnos mejor, más justa y dignamente.

Finalmente, el evangelio de Lucas es una invitación a la conversión. Pareciera que los cambios son difíciles de realizar. Preferimos como personas y, a veces, también como sociedad el "status quo", quedarnos quietos, mantener las estructuras personales y sociales. No pocas veces, escuchamos en comunidades cristianas y al interior de las familias el "yo soy así", "es lo que hay" o "esto siempre se ha hecho así". Precisamente, contra ese pensamiento desabrido y falto de sentido es que la lectura del texto lucano quiere batallar. La conversión no es motivo de tristeza, porque el cambio no es motivo de angustia. Cambiar/convertirse es parte del proceso humano, de las personas y de las comunidades sociales y eclesiales., y nos conduce a nuevas realidades, a desafíos que nos inquietan y, al mismo tiempo, nos impulsan. Por eso, al final del evangelio, Juan puede anunciar con alegría la Buena Noticia.

Pidámosle al Señor que nos regale alegría, la capacidad de cambiar nuestras miradas, de abrirnos a nuevos horizontes y de vivir en bondad unos con otros. Esa es la alegría verdadera,  no estamos solos ni vivimos en la angustia. La esperanza alegre es la fuente de toda vida, incluida la del cristiano.

Que así sea. Amén

P. Juan Salazar Parra, SJ.

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