Domingo 33 del Tiempo Común. Aquí está todo pasando...
En estos tiempos pandémicos, todo nos parece un poco apocalíptico. Hace casi dos años, se apoderaba de nuestro pensamiento y de nuestro sentir, el miedo de salir a la calle, los permisos para reunirnos, el uso de las mascarillas, el lavado frecuente de manos, si alguien tosía nos parecía que íbamos a morir en ese mismo instante (o, al menos, a contagiarnos). Hoy estamos en una situación diferente, vamos, de a poco, aprendiendo a convivir con el virus y también entre nosotros con otras medidas de protección y, tal vez, con menos miedo. Esa sensación es la misma de la primera comunidad cristiana que el Evangelio de Marcos quiere destacar en este 33º Domingo del Tiempo Común, ad portas del año nuevo litúrgico (que sucederá el próximo domingo, día de Jesús Rey del Universo).
La primera lectura nos muestra, en la profecía de Daniel, una figura angelical que viene a "hacer justicia". Escrita en tiempos de dominación de los Macabeos y del rey sirio, la profecía nos señala que Israel se ha dividido: unos permanecieron fieles a Dios y a la Ley, y otros se hicieron parte del "bando enemigo". No es extraño, entonces, que la justicia que Dios realiza tenga que ver con que los fieles y piadosos verán la luz eterna y los infieles, la oscuridad y el castigo. Con todo, lo que el profeta resalta es el principio universal de que Dios es quien tiene la última palabra en la Historia, y nos los reyes, ni los tiranos, ni los dictadores, ni los políticos en elecciones, ni los empresarios adherentes al sistema.
El evangelio, por su parte, nos señaña la imagen del Hijo del Hombre, releyendo la figura de la profecía de Daniel, pero ahora, nos parece, vinculándola a la persona de Jesús. Vuelve a aparecer ese lenguaje propio del Antiguo Testamento (los cataclismos: el sol que se oscurece, la luna que no brilla, los astros, etc.); sin embargo, esta vez, el recurso literario es usado para indicarnos que el foco no está en esas tragedias que podemos vivir o sentir diariamente, sino en lo eterno, en la confianza que guardamos unos en otros y también en el proyecto de Jesús expresado en su Palabra. Él no se queda en la catástrofe, sino que nos regala una esperanza. Puede que lo terreno pase (que el mundo en el que vivimos -o el que conocemos- se acabe), pero hay algo que no pasa y que nos produce esperanza: la Palabra de Dios.
La Palabra de Jesús es definitiva, no juega a lo provisorio o a lo cambiante, no se muere con el cambio de una estación, ni deja de hacer sentido con el gobierno de turno. La Palabra de Jesús es profunda y radicalmente actual. Es siempre "aquí y ahora". Es el proyecto de todos los días, cuando optamos por mirar con cariño, por ayudar, por acoger y sostener a quien está cansado, agobiado, dolido o herido.
Los acontecimientos o pensamientos catastróficos siempre nos acompañarán. Hoy es la pandemia de COVID-19, antes fue la gripe porcina, la guerra nuclear, la invasión a Irak, las guerras de laboratorios, una dictadura cruel, el cambio de siglo o el calendario Maya. Incluso, la catástrofe se apodera de nuestros dichos cotidianos: "comamos y bebamos que mañana moriremos", "me puedo morir en paz, porque lo comido y lo bailado no me lo quita nadie", "que me pille confesa'o", etc. Siempre habrá un relato apocalíptico que puede quitarnos lo más preciado de nuestras vidas: la esperanza.
Sin embargo, no es allí -en ninguno de esos eventos, ni dichos- donde está lo definitivo para nuestras vidas, sino en la Palabra de Jesús. Un seguidor de Jesús no se queda de brazos cruzados delante de la tragedia, sino que pone en práctica el mandamiento del amor. Ese es el programa de gobierno que no aparece en las encuestas ni lo vemos en los debates, porque es un programa siempre válido, para todas las personas y para todas las épocas: amar y entregar la vida. Ahí radica, como dice el P. Konings, el misterio de la alegría inagotable del cristiano.
Pidamos al Señor que los acontecimientos de lo cotidiano no nos quiten la alegría de vivir en esperanza, confiando en otros, entregando de lo nuestro, donándonos para que otros también tengan vida. Si miramos la letra de esa canción de misa tan conocida "cielo y tierra pasarán, mas tu Palabra no pasará", en verdad, en esa Palabra viva y perenne, está "todo pasando", porque todo lo Humano se vincula al proyecto de Dios.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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