Domingo 31 del Tiempo Común. Una escucha atenta que se transforma en acción concreta
El texto del evangelio de hoy nos ayuda a colocar en el centro lo que es verdaderamente importante. Pero no podemos saber qué es lo fundamental, si no prestamos atención a lo que sucede a nuestro alrededor.
En el relato de Marcos, aparece un escriba judío que, a diferencia de otras oportunidades, esta vez quiere conversar honestamente con Jesús. En una cultura que seguía y se esforzaba por cumplir 613 mandamientos, la pregunta que el escriba hace es seria y muy real. Él quiere saber cuál es "el" mandamiento más importante. Por ello, su deseo es que todo se reduzca a una sola práctica y a una sola indicación. Jesús, sin embargo, le ofrece dos mandamientos, como pilares que sostienen una construcción vital.
En primer lugar, Jesús cita el tradicional texto del Deuteronomio, que todo judío reza varias veces al día: el Shemá Israel, es decir, "Escucha, Israel". Es una oración que invita a prestar atención. Dejar que la vida pase por el lado de todos nosotros es siempre la opción más fácil. Quedarnos encerrados en nuestras propias preocupaciones suele ser lo más recurrente y nuestra tendencia más habitual. Escuchar atentamente es una habilidad que se entrena. Debemos esforzarnos por escuchar. Lo obvio es que identifiquemos sonidos y pasemos de largo por la vida, como el típico "¿Cómo estás?", al que normalmente todos respondemos "bien", y nadie se detiene a escucharse. La invitación de esta oración es a salir de nosotros mismos y prestar atención, escuchar a quien está a mi lado, lo que está en mi contexto, lo que se grita y lucha en las calles, escuchar mi corazón y a Dios que habita en él, escuchar a mi familia y a los que están en mi trabajo, por ejemplo.
El segundo mandamiento que Jesús ofrece es una cita del Levítico, que invita a amar al prójimo como a uno mismo. Esta tarea no es posible si no se cumple el mandamiento de la escucha. Para poder amar a otro, debo escucharlo, conocerlo, arriesgarme a establecer un vínculo honesto con él/ella, para poder saber lo que le pasa y poder empatizar con su vida.
Tan vinculados están los dos mandamientos, que el Shemá dice que hay que, entre otros, amar a Dios con todas las fuerzas. Podríamos pensar que se trata de la fuerza física; sin embargo, se trata de las posesiones. La palabra "fuerza" -en su raíz hebrea `hon (o me-`hôd)- se traduce como "bien material". Es decir, el amor a Dios no puede sino pasar por nuestro compartir los bienes, por construir justicia con el hermano. Esa es la verdadera fuerza con la que debemos amar, donándonos nosotros, pero también dando lo que tenemos para el bien de los vulnerados y empobrecidos.
El texto termina afirmando que el escriba no está lejos del Reino de Dios. Cuando nos cuesta reconocer que en personas, actitudes, estilos de vida o discursos también habita Dios, este relato del evangelio nos invita a reconocer en todo lugar la presencia del Reino, de la Justicia, la Paz y la Reconciliación actuando en todo lugar. No hay un "yo" y un "otros" para un miembro de la comunidad cristiana, sino que simplemente un gran "nosotros", donde todos y todas tienen cabida, donde todos pueden encontrar un espacio de acogida, en el que no se sienten rechazados, sino que sus preguntas y/o cuestionamientos tienen cabida.
Que este relato nos ayude a escuchar con atención, para poder transformar la vida de nuestro prójimo con medios concretos y, así, la comunidad eclesial y la sociedad puedan convertirse en espacios de respeto e inclusión.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar, S. J.
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