Domingo 30 del Tiempo Común. "No hay peor ciego que el que no quiere ver"

 Desde pequeños escuchamos el refrán "No hay peor ciego que el que no quiere ver". En este dicho aparece algo de lo testarudos que podemos ser los seres humanos. A veces, nos están diciendo las cosas, nos están mostrando lo que pasa a nuestro al rededor y, por razones personales, ideológicas, sociales o sicológicas, nos negamos a mirarlas y a aceptar que fuera de mis criterios, también puede existir la verdad. Algo similar le pasa a los discípulos, y el Evangelio de este domingo lo hace notar con una figura emblemática: el ciego Bartimeo.

Jesús es siempre el centro de nuestras reflexiones. Sus gestos, acciones y palabras son el centro del espíritu del Nuevo Testamento, lo que lo convierten, además del contenido teológico de Dios-hecho-Hombre, también en modelo de Humanidad. Al enfrentarse al ciego, Jesús sólo tiene una pregunta "¿Qué quieres que haga por ti?". No hay necesidades preestablecidas, ni siquiera las más evidentes. Jesús sabe que cada uno de nosotros debe caminar, en el discipulado del seguimiento, pero que debemos reconocer lo que necesitamos de Él. 

Aunque Jesús sigue muy presente en este relato de Marcos que leemos, el ciego Bartimeo "se roba la película" y capta nuestra atención. En esta ocasión no es un simple hombre al que le falta la vista, sino que tiene nombre. Ya varias veces, hemos conversado de que el nombre genera identidad, no es casual. En este caso, el nombre nos invita a mirar las relaciones. Bartimeo significa en arameo "hijo de Timeo". Es decir, su nombre es una puesta en relación, es que el ciego está vinculado. El pecado (recordemos que la enfermedad para los judíos es fruto del pecado de la persona o de su familia) no lo ha aislado, sino que, por el contrario, lo ha relacionado. Y es su propia fe la que lo salva, dice Jesús al final. 

Los discípulos llevan largo tiempo siguiendo a Jesús. Le han escuchado decir quién es, cómo vivir la vida de cristianos, cómo es el proyecto de Dios para la Humanidad. Sin embargo, como vimos la semana pasada, todavía no entienden todo lo que significa verdadera y profundamente seguir a Jesús. El ciego Bartimeo es un ejemplo de discipulado, él quiere ver, tiene el deseo profundo de salir de su ceguera que le impide conectarse con el mundo, y una vez que se vincula, se pone en camino, es decir, actúa, sigue a Jesús. 

En un mundo en que todos quieren sobresalir, en que los políticos no comprenden lo que pasa en las calles ni en las poblaciones, en que nadie dialoga, porque cada uno quiere tener la razón absoluta de sus puntos de vista, en una sociedad que se vanagloria de avances tecnológicos y de nuevas formas de democracia participativa, en verdad, vamos generando una comunidad aislada y altamente intolerante, incapaz de favorecer el diálogo. En ese mundo, todos podemos ser ciegos y vivir lejos unos de otros. La invitación de hoy es a estar cerca de otros, a vincularnos y a hacer de esas relaciones un modo de vida. 

Sabemos que no es fácil, sabemos que nos sentimos tironeados para "no ver", es decir, para ser intransigentes. Como no es un camino sencillo, cada uno estamos invitados a responder, de corazón y con mucha honestidad, la pregunta de Jesús hoy "¿Qué quieres que haga por ti?"

Amén

P. Juan Salazar, S. J.


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