Domingo 27 del Tiempo Común. De vuelta a lo fundamental: el amor
El tema que coloca el evangelio de este 27º domingo del Tiempo Común no es fácil de explicar, ni de ejemplificar. Tal vez, si miramos con atención a nuestras diversas realidades familiares, podremos comprender un poco más de lo que está hablando Jesús, cuando se refiere al matrimonio y al divorcio.
En la primera lectura, tomada del Génesis, Dios pone en evidencia que el hombre y la mujer tienen igual condición y que, al unirse, empatizan, se sienten como "una sola carne". También, el relato nos presenta el ideal del Señor. Ese ideal de unidad, empatía y amor incondicional, fue roto por la tradición mosaica al legislar por el divorcio y, peor aún, hacerlo en favor del hombre y en desmedro de la mujer.
Jesús, como buen judío, sabía muy bien lo que en la Ley se decía sobre el matrimonio: El único que podía pedirlo era el hombre y se deshonraba a la mujer. Sin embargo, Jesús les hace ver que hombres y mujeres pueden pedir el divorcio y, lo más importante, pone de relieve el sentido profundo del matrimonio, pone el ideal de amor que Dios tiene con su Pueblo y que el matrimonio cristiano debe crecer en ese amor: incondicional, paciente y trabajador. Es decir, no es responsabilidad de uno o de otro, sino de ambos. Para que haya verdadero amor, debe ser recíproco, debe caminar por un proyecto común y debe aceptarse con la humanidad de cada uno. El amor, diría san Ignacio, se pone más en las obras que en las palabras.
El Señor no se queda en la casuística, de cuándo sí es válido o no divorciarse. Como dice el P. Konings sj, para practicar el divorcio, la humanidad no necesita a Dios, porque ya lo hace. Para lo que sí buscamos a Dios, es para animarnos en un proyecto de vida compartida y, también, para la misericordia de volver a iniciar nuevos proyectos de vida en pareja. A eso, los escritores dedicarán largos capítulos de los Evangelios.
Cuando miramos nuestras historias familiares, vemos que hay matrimonios que permanecen unidos, otros que han vuelto a casarse, otros que continúan solteros después del divorcio. Matrimonios que se quieren mucho y otros que sospechamos de que haya amor auténtico. Separados que viven como regalo el volver a encontrar el amor y otros que lo viven con culpa. Las realidades son muy diversas. En todas, debemos actuar con misericordia. El corazón de todas esas personas es más importante que una ley humana (mosaica, judía o cristiana). Y esos corazones deben encontrar en la comunidad de la Iglesia, un lugar de profundo respeto por sus vidas y de ánimo. Somos nosotros, los cristianos, los llamados a mostrar un proyecto que anima en el amor y no en la legislación.
Pidamos en esta ocasión, que pongamos el corazón en lo fundamental, en el amor como eje de nuestras vidas. No nos quedemos en la legalidad. Que sea el amor el que nos ayude a tomar decisiones y a animar proyectos personales y comunitarios. El caso a caso requiere de misericordia profunda, el matrimonio requiere del amor.
Que así sea. Amén
P. Juan Salazar, S. J.
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