Domingo 25 del Tiempo Común. Por relaciones humanas verdaderamente humanas
En este domingo, número 25 del tiempo Ordinario, el evangelio nos pone en clave de humanidad. Algo que hemos ido perdiendo como sociedad entre el ajetreo del trabajo, el estrés de los resultados, las mediciones estandarizadas, el proceso ominoso de ventas, la frialdad ante el dolor ajeno, el deseo de felicidad absoluta, una vida de ensueños (de miel sobre hojuelas) que sólo algunos se pueden dar el privilegio de postear en Instagram (porque dudo de que sea siempre de la misma manera) y un cierto individualismo que se ha ido anquilosando en nuestras vidas. Ante esto, la Buena Noticia viene a mostrarnos, en esta ocasión, que el camino de la plenitud es diferente. No está exento del dolor, pero nos llama a la colaboración, sin medidas ni restricciones, hasta entregar la vida. Allí radica nuestra felicidad, nuestra plenitud y nuestra esperanza.
Por segunda vez, el evangelio de Marcos nos relata el anuncio de la Pasión. Pero esta vez, tiene ribetes especiales. Mientras la semana pasada, Jesús decía que iba a ser entregado en manos de las autoridades religiosas de la época, ahora nos dice que será entregado a manos de seres humanos (xeirâs antrôpôn). Aquí ya no están envueltos sólo los religiosos y autoridades con poder, sino que todos los que compartimos la vida humana cabemos "en el mismo saco". Es un relato más simple, incluso más breve, pero lleno de sentido y compromiso, que nos impacta, porque no se trata de "ellos" los malos, sino de "nosotros" los que también podemos incurrir en el mismo error.
A esa humanidad que lo va a condenar y matar, Jesús opone su propio modo de humanidad: la humildad. Para ello, coloca en el centro a un niño (paidíon). Los pequeños no tienen valor en el mundo judío, no trabajan, son gasto, y menos si es una mujer, porque no podrá heredar ni tener valor social (el término usado no describe el sexo de la criatura que Jesús colocó en medio de sus discípulos). El ejemplo de sí mismo y de la infancia, guardan relación con los despreciados de la sociedad, los minusvalorados. Aquí en Chile, sobre infancia tenemos mucho que decir. El caso del SENAME no es orgullo para nadie que se diga cristiano, ni para el que abogue por la dignidad de los pequeños. A ellos debemos mirar, con ellos debemos caminar, en ellos invertir nuestras energías y comprometer nuestras vidas.
Mientras hay humanos que luchan por ser mejores que otros, que pelean por ganar puestos de fama o vanagloria, que miran en menos a los demás; hay otros humanos que dirigen nuestra mirada y nuestras vidas hacia Jesús y su Reino. Aquéllos que no ostentan sus títulos ni sus ganancias o, incluso, que no las tienen, los que viven sin ser valorizados, invisibilizados por los medios de comunicación, que nadie los reconoce en la calle, que no les piden autógrafos ni hay grandes estatuas de ellos en las plazas públicas. Esos que viven el día a día "haciendo lo que creen que es necesario hacer", sudando para llevar un pan a sus hogares, trabajando por escuelas de mayor calidad, aguantando los golpes (reales y metafóricos) de un Estado que los ha abandonado, o los que están luchando en las poblaciones para que haya menos delincuencia, para erradicar el narcotráfico y hacer de los espacios comunes, espacios de alegría, verdaderamente comunitarios. Todos esos, y muchos más, son los que se parecen al niño/niña, que están al centro del Reino y CON ellos, comenzamos nuestro verdadero peregrinar espiritual.
Sólo estando al lado de ellos, podemos vincularnos a Jesús y, vinculados a Jesús, podemos vincularnos con el Padre Dios. Una experiencia cristiana honesta se relaciona con esa humanidad dolida y despreciada. Esas son las relaciones humanas verdaderamente humanas, porque en ellas, encontramos a Cristo, y atisbamos el Reino.
Pidamos en este domingo, para que nuestra forma de relacionarnos sea verdaderamente humana, goce de sanidad interior, podamos mirarnos a la cara sin tener que decir el lugar de dónde vengo ni el sueldo que gano. Pidamos en este domingo, también para Chile (en nuestras fiestas patrias) mayor humildad, para poder trabajar juntos, para que distintos sectores políticos sigan el llamado del evangelio, comiencen por estar al lado de los humildes y de ahí, soñemos con la verdadera grandeza de un país, que es su gente y sus humanidades dignificadas.
Que así sea. Amén.
Juan Salazar Parra, S. J.
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