Domingo 23 del Tiempo Común. Si no nos escuchamos, no hay milagro posible para la humanidad
Estamos en el 23º domingo del tiempo común y, además de celebrar eso, hemos iniciado el Mes de la Biblia y el Mes de la Patria. Tiempos intensos de lectura y también de conmemoración. En medio de las festividades de los colegios, de las cuecas, los colores en las calles, las banderas que empiezan a aparecer, no puedo sino recordar el proceso constituyente que estamos viviendo como país y también las dificultades que tienen los conglomerados políticos para ponerse de acuerdo, para mirar juntos un proyecto de país. Ni hablar de la situación de nuestros pueblos originarios, ni de otros tipos de exclusión: social, sexual, laboral, de género, racial, etc. En medio de la fiesta "del 18", hay un país que clama por ayuda, por renovación, por estabilidad y por justicia. Eso mismo hicieron el pueblo de Israel y los primeros cristianos, según nos muestran las lecturas de hoy.
Israel, cerca del año 500 aC, escribe esa profecía de Isaías. Hay un Dios, al que ellos claman por justicia, al que adoran, al que alaban y al que sirven. Saben que ellos no han sido fieles siempre (han adorado a otros dioses, han servido a otros reyes, han ofrecido sacrificio a otras divinidades, han elevado estatuas a animales, han tratado injustamente a los pobres, han hecho sufrir a las mujeres solas, han esclavizado y maltratado a muchos... no muy diferente a lo que vivimos hoy), pero saben también que el Señor es eternamente fiel. Saben que el Señor está y estará siempre con ellos. Esa es su esperanza. Por eso, el profeta puede, usando un lenguaje escatológico, hablar del Reino de Dios. Lo que ocurrirá el día en que el Mesías llegue: los ciegos verán, los sordos oirán, los mudos hablarán... Y podríamos añadir: las mujeres no serán abusadas, los homosexuales serán respetados, los trabajadores serán dignificados, los niños vivirán una infancia real, sana y protegida, etc. Esa también es nuestra esperanza que se completa en la figura de Jesús de Nazareth.
Marcos en su Evangelio, nos propone la curación de un sordomudo. No voy a entrar en la discusión de la ciencia actual sobre la sordera o la mudez. Algunos dicen que no existe el sordomudo, es decir, o se es sordo (que es lo más común) o se es mudo (que es menos frecuente). Fuera de esa distinción, que un fonoaudiólogo podría profundizar e iluminar con el conocimiento técnico propio del siglo XXI, lo que el evangelio nos intenta mostrar es una imagen bíblica. Para comunicarnos con Dios, para que llegue el Mesías, para poder clamar a Dios con nuestras necesidades y atender a su llamado, necesitamos dos habilidades mínimas: oír y hablar. Necesitamos oír lo que el Señor nos va diciendo en la vida diaria (lo que se ha llamado, "leer los signos de los tiempos"), entender su mensaje, sentirnos animados por su Palabra. Y, al mismo tiempo, necesitamos hablar o expresar lo que sentimos y responder con nuestra vida y compromiso coherente y sincero a las necesidades del mundo.
Eso es el círculo de la fe, eso es lo que los lingüistas contemporáneos han llamado de "comunicabilidad". No se trata simplemente de repetir las palabras que aprendemos en las catequesis, ni de decir "sí" a todo, sino de escuchar con atención y responder "con mis propias palabras", o sea, con la vida de cada uno. Es Jesús, con su vida (coherente con el proyecto del Padre hasta el final) el que trae la cura a la falta de escucha y de habla. Por eso, nos invita a la misma coherencia y al mismo compromiso con la realidad que Él tuvo.
En medio de un país que está políticamente agitado y socialmente quebrado, el Señor hoy nos anima a seguir clamando por unidad, por justicia y dignididad. Para hacerlo, debemos oír lo que el Señor va diciendo en la historia del país, y debemos responder con compromiso a esa historia. Jesús no sólo "hace las cosas bien" (como muchos hoy), sino que va más allá, entrega más que el "mínimo requerido" (en eso radica lo extraordinario de Cristo y a lo que aspiramos sus seguidores, en hacer más que el mínimo).
Jesús es el modelo de humanidad que, por medio de su trabajo, de sus palabras y sus acciones, abre el corazón de todos para que nos encontremos con Dios y nos encontremos entre nosotros. Que nuestro trabajo, nuestras palabras, nuestras acciones, en este Mes y todos los meses, sirvan de puente y no de muro, sirvan para encontrarnos y no para dividirnos.
Que así sea. Amén.
Juan Salazar Parra, S. J.
Como siempre, una versión de las lecturas, las puede encontrar en: http://www.eucaristiadiaria.cl/domingo.php
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