Domingo 16 del Tiempo común. Año B. Somos humanos en búsqueda de paz
Hoy en Chile se realizan elecciones primarias para la futura elección de presidentes que se llevará a cabo hacia fin de año. En ese mismo Chile que promulga la democracia, que enarbola banderas de triunfo político porque se formó la Convención Constitucional, porque los gobernadores son electos popularmente, porque hay cada vez más conciencia de los cambios que el país requiere, en medio de todas estas cosas -ciertamente positivas- también conviven las incalculables brechas de la educación que está dejando la pandemia, el desnivel en la atención de salud y también una suerte de superioridad que impera y que hace que los migrantes sean despreciados. En medio de este confuso Chile, mezcla de dulce y agraz, mezcla de trigo y cizaña, el evangelio y la segunda lectura de hoy nos ayudan a ordenar nuestro pensamiento y nos entregan una luz, brújula para caminar.
Los invito a mirar la actitud de Jesús. En dos ocasiones, en este breve relato, Jesús se compadece, mira con bondad a los otros. En primer lugar, lo hace cuando invita a sus discípulos a descansar. Se da cuenta de que ellos están cansados, que han trabajado, que no han tenido tiempo justo de reposar. En segundo lugar, cuando la gente se les adelante y aparece a la otra orilla, al desembarcar, Jesús se compadece de ellos, y conversa con ellos, calma su espíritu. La pregunta que podemos hacernos personalmente es si cada uno de nosotros tiene o desea la capacidad para mirar a los otros con esos ojos, con ojos de misericordia. No con los ojos de la ambición que siempre quiere más para sí mismo, sino con los ojos que se compadecen, que miran, escuchan, atienden a las necesidades ajenas y se encarga de que repongan sus fuerzas. Podemos preguntarnos también si, en día de elecciones, nuestros candidatos son capaces de mirar las necesidades reales de los ciudadanos, si tienen deseos reales de no ganar para el orgullo propio o de su partido, sino para atender a los conflictos ciudadanos, para llevarle consuelo y descanso a los trabajadores sin contratos regulares, a los jóvenes sin expectativas de futuro, a los ancianos sin pensión, a las mujeres maltratadas o a los niños violentados en sus derechos.
La segunda lectura, tomada del texto a los Efesios, nos dice que ese Jesús que mira con compasión y se compromete con la gente, no lo hace simplemente para cuidar de su espíritu, sino que también, y aquí el texto es radical, para traer paz y unidad. Habiendo en la comunidad cristiana dos tipos de miembros: los judíos y los gentiles, y sabiendo que unos y otros tienen prácticas diferentes, estatus social diferente y se sienten diferentes religiosamente (porque unos observan desde el nacimiento la ley de Moisés y los otros no), Jesús ha venido a romper el muro que los separa. Los que antes se sabían, sentían y vivían de manera distinta, hoy deben acercarse, compartir sus bienes, vivir en unidad y paz, porque Cristo es la paz (eirênê, en griego) y Él (un "él" -autós- muy enfático en el texto), con su muerte, ha derribado las fronteras que los separaban. A partir de la fe en Cristo y de la fe de Cristo se crea un nuevo pueblo, una nueva humanidad, donde no hay rencores ni enemistades, sino que todos somos uno y tenemos acceso al Padre en el mismo Espíritu.
En nuestras casas, lugares de trabajo, barrios, parroquias, colegios y poblaciones, somos especialistas en divisiones. Quien tiene las llaves tiene más poder que el resto o sabe el número de seguridad ciudadana o tiene el contacto de carabineros o es catequista hace 20 años o gana el sueldo más alto de la familia o profesa tal o cual religión o está adscrito a tal o cual ideología. Pareciera que el mundo vive (y nosotros con él) lleno de enemistades y divisiones. Desde la fe, en la muerte de Cristo, ha muerto también la división, en su cruz se ha liberado a la humanidad. Dirá Pablo en la carta a los Gálatas, que en Cristo ya no hay hombre ni mujer, esclavo ni libre, judío ni griego, sino que todos somos uno. Ese mismo espíritu es el que nos transmite el autor de Efesios, invitando a una nueva construcción social y religiosa: la nueva humanidad.
En tiempos de rencillas políticas, de discriminaciones arbitrarias, de expulsiones injustas, de mentiras y miedos que se crean en las redes sociales, los hombres y mujeres de fe en Cristo, nos sostenemos en la Paz que es el mismo Jesús y trabajamos por derribar muros, por acortar las brechas, por vivir la reconciliación y buscar incesantemente la paz. Tal vez, ayudados por el texto de Efesios, logramos entender que la paz no es la ausencia de movimiento ni conflicto, sino que es el proceso de construcción de una nueva humanidad, reconciliada y en camino al Padre, que es vida plena para todos.
Que así sea. Amén.
Juan Salazar Parra, S. J.
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