Domingo 14 del Tiempo Común. Año B. El proceso de la vida verdadera desafía nuestra humanidad
Es un domingo importante para Chile. Hoy comienza (o se supone que comienza) la Asamblea de Convención Constitucional para los diálogos y redacción de la nueva Constitución del país. El proceso vivido me recuerda al Evangelio de hoy y cómo debemos mantenernos en las convicciones profundas para poder avanzar hacia la vida plena que deseamos para todos y todas.
El Evangelio de Marcos que hoy leemos es el cierre de un ciclo de eventos que hemos venido leyendo los domingos previamente. Jesús reparte y multiplica, sana, calma la tempestad, resucita a una niña y sana a una mujer enferma. Todas esas acciones milagrosas parecen despertar la fe en el Señor; sin embargo, esto contrasta con el relato de este capítulo 6. En esta ocasión, sus vecinos, amigos y parientes miran a este hombre y desconfían. En el seno de su barrio, lo han visto escuchar las explicaciones de los rabinos, aprender a hablar, jugar, festejar. Nadie mejor que ellos para creer, si es que lo conocen. Pero, sus actitudes son un enigma para ellos.
El evangelista nos vuelve a decir que una cosa es el lazo sanguíneo o el vínculo histórico, una cosa es conocer a alguien porque compartimos un espacio común o porque llevamos mucho tiempo con alguien o en un lugar, y otra muy distinta es conocerlo, diría san Ignacio, internamente. El conocimiento interno es el conocimiento de las motivaciones, de los sentimientos, es el que hace los esfuerzos por entender las razones por las que alguien actúa de tal o cual manera. El conocimiento interno acompaña en fidelidad hasta en los momentos difíciles, porque no se deja llevar por opiniones superficiales, sino que es capaz de sentarse, observar, conversar, perguntar y ponerse en los zapatos del otro. Ese es el conocimiento que debemos tener del Señor. No basta con haber vivido en su tierra, con haber hecho catequesis de pequeños o ir a Misa cada domingo. No basta, si es que eso no va acompañado de lo fundamental, de entender y sentir como Jesús, de mirar el mundo con sus ojos y compadecerse de la realidad y dolor del pueblo de Dios.
Pasamos de la alegría de los milagros a la falta de fe de los cercanos a Jesús, para transitar hacia el anuncio de la Pasión del Señor (eso si siguiéramos el relato tal como está ordenado en el libro del evangelio de Marcos).
Algo similar, me atrevo a decir, vivimos como país. Las elecciones de octubre del año 2020, en las que se eligió por formar una Convención Constituyente para redactar una nueva Constitución, nos parecen un milagro. Hay mucha esperanza puesta en este proceso, esperanza de un futuro mejor y más justo, de una vejez más digna y una niñez más protegida, de trabajos dignos y barrios seguros.
Después del milagro, corremos el peligro de convertirnos en los vecinos de Jesús, es decir, creer que nos conocemos tanto como chilenos, que nada va a cambiar o, peor aún, de hacer oídos sordos a las verdaderas demandas de la sociedad. La invitación del evangelista es, precisamente, a entender que tanto en la alegría del milagro como en el dolor, lo que prima en el Señor es la convicción de que sus acciones revelan la acción misericordiosa, justa y fraterna del Padre. En medio de gritos y desánimos para muchos, lo que hoy vivimos al formar la asamblea de los constituyentes, nos anima a fortalecer la esperanza y mantener la convicción del sentido plural, abierto y democrático de esta instancia.
¿Cómo lograr mantener la fe en este proceso? Creo que dos ayudas pueden acompañarnos: por un lado, el conocimiento interno del Señor, es decir, entender las razones de verdad en las que se afirman nuestras convicciones y, por otro lado, experimentar, desde lo hondo de nuestra fe que no podrán opacar la gracia de la vida plena, porque, cuando quieran hacerlo, nos unimos a San Pablo "cuando soy débil, entonces, soy fuerte". Como diría el P. José Luis Sicre, S. J., "el fracaso no desanima a Jesús", que tampoco lo haga con nosotros, cuando tenemos convicción de justicia, alimentada por la fe en Jesús, que vino a compartir nuestra humanidad y a animarnos en dirección al Reino del Padre.
Que así sea. Amén
Juan Salazar Parra, S. J.
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