Domingo 13 del Tiempo Común. Año B. Que nuestra fe sea una experiencia de vida para todos

 El evangelio de Marcos que la liturgia nos ofrece este domingo presenta dos escenas icónicas y entrelazadas del Nuevo Testamento: La resurrección de la hija de Jairo y la curación de la hemorroísa. Veremos que se trata de dos eventos o milagros que contribuyen a indicar el camino de la fe que Jesús nos invita a vivir.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, es una especia de síntesis del Antiguo Testamento, que nos señala que el Dios de Israel es el Dios de la Vida, que su presencia marca vida y esperanza y que la muerte no es fruto de su presencia, sino de la acción envidiosa del mal. Quien confiesa su fe en Dios, no puede ser un promotor de la muerte, sino un defensor de la dignidad de la vida humana que triunfa contra toda adversidad, egoísmo e injusticia.

Esa vida que triunfa es la que nos quiere narrar Marcos en su evangelio. La mujer adulta sufre desde hace 12 años de una hemorragia. Podríamos pensar en el tiempo invertido y el dinero gastado en médicos que una enfermedad de ese tipo podría acarrearle a alguien por tan largo tiempo. En medio de los discípulos agitados y que quieren "zafarse" rápido de la gente, Jesús siente que alguien lo toca. Es la mujer. De inmediato la mujer ha quedado sana. Todo podría reducirse a un evento milagroso y casi mágico. Sin embargo, el evangelista nos enseña que la relación con Dios y con nuestros hermanos no tiene nada de magia. Por el contrario, en vez de señalar que el manto ha salvado a la mujer o que el mismo Jesús la salvó, el texto dice "tu fe te ha salvado". La comunidad cristiana no quiere rescatar un evento mágico en el que después de una manda o de un simple toque todo parezca sano, sino que la sanidad interior, la vida que se encuentra en desesperación, al borde de la muerte, puede encontrar verdadera paz y salud del alma, por la gracia de la fe. Jesús sintió una fuerza que salió de él, cuando la mujer le toca el manto. Tal vez, por la confianza y por la fe en Dios, diría el P. Konings, ella abre el camino para la fuerza de Dios que Jesús porta y transmite a la humanidad.

La hija de Jairo, jefe de la sinagoga, es una niña de 12 años también (los mismos que la mujer lleva con hemorragias) y, aunque Jesús llega cuando ya parece muerta, es el mismo Jesús el que invita a Jairo a tener fe y no temer (es decir, confiar) y señala que la niña está dormida. Es un verbo ambiguo (katheudo, en griego) porque puede significar tanto muerte como paz (la que Jesús tenía en la barca, según leímos la semana pasada). Mientras todos dudan, Jesús anima a la vida y le dice a la niña que se levante (el mismo verbo griego que resucitar: egeiro). 

En uno y otro caso, lo importante no es el milagro en sí mismo, sino la profundidad de la experiencia del encuentro con Jesús. El vínculo con el Señor no se da a través de milagros portentosos, ni de señales abundantes, sino que se expresa por medio de la fe. Esta lectura es un llamado a mirar nuestra fe adulta o en camino de adultez.  

Cuando somos amenazados por una pandemia que parece no dar tregua, que nos tiene hace bastantes meses con amenazas de muerte (como a la mujer) o con la experiencia de la muerte misma (como a la niña), la paz no la devolverá una fe mágica, ni una vacuna mágica, ni un gobierno mágico. Por el contrario, la paz, la vida abundante que viene de Dios sólo volverá a nosotros cuando confiemos en los demás, cuando nos miremos con honestidad y no se hagan declaraciones mentirosas, cuando podamos encontrarnos y confiar en lo que unos y otros realizan, porque sabemos que lo realizan para el bien común.  

El Ministerio de Salud ha declarado nuevas condiciones para los "contactos estrechos" de COVID. Al pensar en las lecturas de hoy, creo que hay otros "contactos estrechos" que no son peligrosos: los contactos que se preocupan del otro. Mientras un contacto estrecho del virus es producto de que no usa bien la mascarilla, que él u otros no se preocupan de su salud ni de la del resto, que no se cuidan los espacios abiertos y ventilados, hay otros contactos estrechos que no son estrechos por la cercanía física, sino por el vínculo afectivo o del corazón. Eso nos enseña la segunda lectura, tomada de la 2ª carta de Pablo a los corintios, lo que interesa a la vida humana no es simplemente su salud, sino su paz interior, y ésta se consigue por medio del "compartir fraterno", es decir, poniéndonos en los zapatos del otro, con empatía y con caridad. Dice el apóstol que cuando hay quienes tienen mucho y otros pasan necesidad, o se comparte o no se actúa según la voluntad de Dios. Sin el trabajo efectivo en favor de los demás no habrá vida verdadera y, por lo tanto, no viviremos una experiencia real de Dios.

Podemos buscar nuestras seguridades en el poseer bienes materiales o en el compartirlos. Esta última es la experiencia de fe que anhelamos, donde todos (al igual que la mujer enferma) podamos ser portadores de la fuerza de Dios, de su gracia y su paz para todos y todas. Al final de cuentas, la vida no es otra cosa que el amor permanente de Dios que se hace presente y crece en cada uno de nosotros y de las personas con las que compartimos nuestra historia.

Que así sea. Amén.

Juan Salazar Parra, S. J.





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