Domingo 12 del Tiempo Común. Año B. Mirando a las personas podremos vivir profundamente la calma de la tempestad
Confieso que nací en una ciudad donde se mira el mar frecuentemente y, como tal, la inmensidad está muy presente y el horizonte siempre está abierto. Como le dije a un amigo hace pocos días, al mirar diariamente el mar, no hay límites para soñar, siempre hay movimiento, hay hondura, trae a veces paz y a veces temor (porque el mar o la mar -como la llaman los marinos- es implacable), el mar es inquieto, desordenado y siempre se le mira con respeto. El mar, para quien lo conoce, no es un simple atractivo turístico como un objeto de uso para el verano, sino que trae consigo significados que calan en el corazón. El evangelio y la primera lectura de este domingo nos presentan un significado muy particular y propio de diversas tradiciones religiosas de Oriente, incluida la judía y, por extensión, la cristiana.
El texto de Mateo cumple con la estructura retórica de un milagro: presenta un problema, una acción portentosa de parte de Jesús y, finalmente, la confirmación de la acción. En resumen, hay un mar agitado, Jesús lo increpa y llega la calma. Podría bastarnos ese esquema para elucubrar sobre el mensaje que contiene este texto. El mar, desde antiguo, es símbolo de las fuerzas del mal o, como diría san Ignacio de Loyola, de los afectos desordenados. Sólo Dios puede controlar tales fuerzas con su poder y calmarlo (nos diría el salmo 106 de la liturgia de hoy). Que Jesús pueda increpar el mar (que es increpar el mal o el desorden) es signo patente de su divinidad, de su confianza en Dios que actúa en la vida diaria (tal vez, por eso estaba durmiendo en medio de la tormenta, por confiar plenamente en su Padre). Hasta aquí el sentido global del símbolo y del texto.
Quiero detenerme en esta ocasión en la pregunta final de los discípulos. Al estar envueltos en medio de una tormenta, suponemos que su vida corre peligro con el vendaval, la pregunta obvia entre ellos, o la que nosotros haríamos, sería "¿qué pasó?" "¿viste cómo se calmó el mar?". La pregunta natural estaría puesta en el mar, porque Jesús dialoga con el mar. Sin embargo, la cuestión no es sobre el mar, sino sobre Jesús. La pregunta central es "¿quién es?". Ese tipo de pronombre interrogativo ('quién', tís en griego) permite que ante la admiración de las situaciones de la vida, no nos quedemos observando los 'qué', es decir, los objetos, los momentos o los efectos, sino que pongamos la atención en los 'quiénes', o sea, las personas. Lo importante en esa pregunta no es lo que Jesús hizo, ni siquiera para qué lo hizo, sino quién lo hizo.
La pandemia nos puede hacer perder la esperanza en el futuro. Todos los días son monótonos, las largas horas conectados a internet agotan la vista y la mente, las casas pequeñas o los departamentos donde no hay espacio suficiente para cada integrante de la familia se convierten en pequeñas cárceles, la falta de espacios verdes en las zonas periféricas de las ciudades no contribuyen a ver la vida con otros ojos. Si nos quedamos en todos esos "qué", la vida se convierte en una tormenta que no acaba. Si miramos los 'quiénes', es decir, si volvemos el corazón a las personas, a nuestra familia, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros vecinos y sus necesidades, a nosotros mismos, si logramos sentir que nos cuidamos por el bien propio y el de otros, si experimentamos que compartimos más que antes, si nos conocemos más en el día a día (antes secuestrado por la rutina externa de trabajo), tal vez así podremos sentir la verdadera presencia de Jesús en nuestras vidas y podremos, como los discípulos, admirarnos, de que es una persona (y no una entidad) la que calma nuestras tormentas, nuestros desórdenes y agitaciones interiores (simbolizados en el mar). Es una persona la que nos anima a seguir, a mirarnos a la cara, a comprometernos con otros y a preguntarnos todos los días "¿quién es este que está a mi lado?", para valorizarlo y construir un mundo más digno y, especialmente, más humano.
Que así sea. Amén.
Juan Salazar Parra, S. J.
*PS: Seguimos rezando por nuestra colega Ester Quintana, profesora del Colegio Lecaros, para que, en medio de la tormenta, el Señor sea portador de calma para su vida y la de su familia.
Las lecturas de este domingo las puedes encontrar en:
http://www.eucaristiadiaria.cl/domingo.php
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