Domingo de Pentecostés. Año B. Vida nueva "con Espíritu" para mí y para toda la Humanidad.
Llegamos al final del tiempo pascual, con la celebración solemne de Pentecostés. Una fiesta dedicada al Espíritu Santo nos invita a cultivar la vida y la dignididad que provienen de Dios, pero no de cualquier divinidad, sino del Dios que se manifiesta en Jesús: muerto y resucitado. Esa es la gracia del Espíritu, que no nos lleva a estados místicos escindidos de la realidad, sino que nos convoca a entrometernos con la vida propia y la de la comunidad.
El Evangelio de este domingo nos relata un episodio lleno de imágenes y simbolismos. El texto según san Juan coloca a la comunidad de los discípulos en su lugar de reunión, pero en vez de estar contentos (como estarían muchos cristianos hoy, de poder reunirse libremente en sus parroquias y capillas) están con miedo (en eso sí nos parecemos a ellos, la pandemia nos ha dejado, con justa razón, miedosos del contacto, porque no acaba todavía). Los acecha la muerte, se sienten perseguidos, inseguros. Los domina el pesimismo, la oscuridad.
En contraste con ese miedo, se les presenta Jesús muerto y resucitado. Muestra sus manos y el costado, indicando, tal vez, que ni el dolor, ni el resentimiento, ni la muerte tienen la última palabra, sino que la esperanza orienta la vida del cristiano. Jesús, que es Luz para la simbología del evangelio, les ofrece tres regalos: la paz, la misión y Espíritu. Les regala paz que se transforma en alegría desbordante. Les regala la misión de perdonar (y no condenar), que le da sentido a sus vidas. Finalmente, regala Espíritu. En el original no aparece el artículo "el", como muchas traducciones nos sugieren. No les dice "Reciban el Espíritu", sino que les dice "Reciban Espíritu". Aunque parezca un detalle, esto es relevante, porque Jesús no está regalando un simple carisma, sino que está dando vida, una vida nueva y renovada. Es esa vida con Espíritu la que puede vivirse en paz y que produce alegría. Es esa vida con Espíritu la que puede orientarse al servicio de los demás. Sin Espíritu nos encontramos sin aire (no olvidemos que la palabra en griego es la misma: pneuma para aire o espíritu) y, por lo tanto, sin vida verdadera.
Más de alguna vez, hemos conocido a alguien del que decimos "Esta persona tiene un no sé qué" o, como dice mi madre, "es livianito de sangre". Ambas expresiones marcan no sólo el carisma de una persona (si es simpático o no), sino que denotan el talante de los seres humanos, es decir, de qué materia estamos hechos. Si estamos hechos de pesadez, resentimiento y oscuridad, o bien de esperanza, paz y alegría. La diferencia, para nosotros cristianos, es el Espíritu. Quienes queremos vivir con Espíritu, intentamos caminar con la frente en alto, pedir perdón, perdonar, soñar, luchar y, especialmente, alegrar la vida de los que nos rodean.
Esa vida con Espíritu tiene una dimensión personal y una comunitaria. San Pablo en la 1ª carta a los Corintios nos afirma que la gracia recibida por el Espíritu invita a aceptar y querer, libremente, la diversidad dentro de la comunidad cristiana: diversidad de dones, de talentos, de personalidades, de orientaciones y carismas. Ese es el modo más pleno de mostrar que vivimos con Espíritu, porque el Espíritu "se manifiesta para el bien común", nos dice el Apóstol.
Lucas en los Hechos de los Apóstoles nos enseña que la fiesta de Pentecostés es una alegría comunitaria y universal, como la misma Iglesia. Tal vez, ese es nuestro desafío, personal, familiar, profesional y eclesial: hacer de nuestras comunidades, espacios diversos, abiertos, alegres, esperanzadores y reconciliados. Y, como dice un viejo refrán, "hay que partir por casa", o sea, es mi responsabilidad individual que donde cada uno de nosotros esté, se experimente, se sienta, se perciba la Vida con Espíritu, para mí y para toda la Humanidad.
Que así sea. Amén.
Juan Salazar Parra, S. J.
Las lecturas de la liturgia de este domingo, las puede encontrar en:
http://www.eucaristiadiaria.cl/domingo.php
Gracias por tus palabras
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