Domingo de la Santísima Trinidad. Un Dios que es unidad, comunidad y desafío

Cuando era niño y había alguna fiesta familiar (de esas que hoy, por cuidado no podemos ni debemos realizar), normalmente existían dos mesas o dos turnos de comida: una para "los grandes" y otra para los niños. Siempre lo que se conversaba en la mesa de los adultos era un misterio, porque era desconocido y lejano a nuestra realidad infantil. Este domingo celebramos a la fiesta de la Trinidad y se ha instalado en nosotros cristianos que es un misterio incomprensible. 

Las tres lecturas nos ayudan a entender que no se trata de un misterio matemático (que tres personas tengan una misma naturaleza), ni de un misterio desconocido (que no sepamos quiénes son), tampoco es un caso de misterio policial (porque no sepamos qué hacen), sino que lo relevante de la Trinidad está en la cercanía, la transparencia, el encuentro, la unidad y la libertad que nos ofrece. Tal vez, en tiempos de cuarentenas, en medio de opresiones, del aumento de muertes y contagios en Chile y el mundo, hoy la libertad, la cercanía y la unidad sean un verdadero misterio que extrañamos, porque lo hemos experimentado y reconocemos su valor en nuestras vidas. Algo similar nos pasa con Dios.

El Evangelio es el final del texto según Mateo y expresa muy claramente la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu, en torno al bautismo. Si por medio del bautismo se manifiesta nuestro vínculo con Dios y nuestra pertenencia a la comunidad de la Iglesia, entonces la Trinidad aquí expresada no es otra cosa que un Dios que se ha vinculado con nuestras historias y que nos invita a no pensar sólo en nuestra individualidad (que es importante), sino en la comunidad (que es trascendental). Es ese Dios, vínculo de unidad y comunidad, el que somos invitados a predicar, a enseñar y a experimentar. Más allá de toda exégesis bíblica, de todos los cursos de teología posible y de la cantidad de veces que estudie la doctrina de la Iglesia, sólo en una experiencia real de unidad que me vincula a otros, me puedo sentir en camino de vincularme al Espíritu del Dios de Jesús. Cuando las personas deben ser obligadas a vacunarse, cuando estallan los casos de contagios por descuidos, cuando no se toman políticas asertivas, entonces, parece que estamos más lejos de ese Dios Trinidad.

La segunda lectura, de Pablo a los Romanos, es clara en decirnos qué hace la Trinidad Santa. El Espíritu nos regala libertad y coraje, nos permite llamarnos hijos del Padre y llamarlo así. El Padre nos regala vida y el Hijo es el norte hacia el cual orientamos nuestra vida, en el dolor y en la alegría. En vez de ofrecerse un misterio oscuro, irresoluble, se nos ofrece un regalo grandioso de pura transparencia: un llamado a la libertad

En tiempos en que todo se publica en las redes sociales y creemos que eso es lo verdadero, en que estamos invadidos de noticias falsas (fake news), en que es más fácil copiar un trabajo de internet que hacerlo, el llamado "misterio" de la Trinidad, nos revela que lo más sagrado de nuestras vidas es el vínculo transparente y honesto, es el cuidado de unos con otros, es la unidad en tiempos de dificultad y que, por sobre la angustia que produce la soledad y el encierro, Dios vive y nos invita a vivir en comunidad, en una comunidad activa que se esfuerza por enseñar, transmitir y cuidar de la unidad y la reconciliación (como diría Pablo). Tal vez, sólo así participaremos de una mesa, un país y una Iglesia donde todos tengamos cabida. 

Esa es la Trinidad, ¡menos misteriosa y más desafiante!

Que así sea. Amén.

Juan Salazar Parra, S. J.







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