Domigno 5 de Pascua. El viñador que habita en el corazón de la Humanidad
El Evangelio de este domingo nos presenta una alegoría: la del viñador. En nuestra cultura, las viñas y sus frutos: las uvas y, de ellas, el vino son elementos conocidos. Esta vez, se nos propone un estilo de vida y un lugar donde trabajar como el viñador.
Jesús es el primero en autodefinirse: "yo soy la vid verdadera". Si leemos el adjetivo "verdadera", es porque, suponemos, existe una vid falsa. Para poder entender esto, debemos remontarnos al Antiguo Testamento. La vid es una imagen muy utilizada por el escritor veterotestamentario, especialmente por los profetas, para refererirse al pueblo de Israel. Normalmente, eso sí, lo hacen para declarar que la vid es estéril o poco atractiva.
Esta vez, la vid no es la misma de Isaías o de Jeremías, sino que se trata de una vid que da fruto, que está unida al sarmiento. Ambos beben de la misma fuente de vida. Es la misma savia que corre por la vid, la que llega a los sarmientos y les permite dar frutos. Si Jesús es la vid y nosotros los sarmientos, para que nuestra vida cristiana dé fruto y ese fruto sea duradero, estamos invitados a beber de la misma vida de Jesús. Encontrarnos con aquéllos que no queremos, los despreciados de la sociedad, acompañar grandes sueños y actuar según sus modos y acciones, acercarnos a sus sentimientos y miradas. Sólo cuando vivimos como Jesús, podemos experimentar el amor en su más profunda radicalidad: ésa que es capaz de entragar la vida.
Sin embargo, a esta explicación le falta el personaje más importante: el viñador. Éste no es simplemente el dueño de la tierra que se sienta a recibir las ganancias de otros obreros. Este dueño trabaja, cuida y cultiva su viña. Esto quiere decir, entre otras cosas, que esa vida compartida entre el sarmiento y la vid no es posible sin la presencia activa del viñador. Es Dios mismo el que obra en el corazón de cada ser humano y le permite producir frutos de verdadera calidad humana.
En siete ocasiones aparece, en la lectura del evangelio, el verbo permanecer (ménein/menêo en griego). No se trata simplemente de un estar junto a alguien pasivamente. El verbo permanecer en este caso tiene una densidad de significado que nos lleva a pensar en que cuando alguien permanece, es porque habita el corazón y la vida de otra persona.
Según el texto, nosotros permanecemos en Jesús; Jesús permanece en el Padre; el Padre en Jesús; y Jesús en nosotros. Es Dios el que habita nuestros corazones y nos salva, y en la medida en que le otorgamos un lugar en nuestras vidas, también nosotros permanecemos en Él, es decir, continuamos el mandamiento de Jesús: el amor fraterno.
Si el viñador trabaja por la vid y los sarmientos, los cuida y cultiva, y nosotros permanecemos en Él, también somos llamados a trabajar, cuidar y cultivar, siguiendo su ejemplo. Trabajar unos por otros, por la construcción de un mundo más justo y honesto, donde prime el derecho y la justicia. Cuidar de la naturaleza, de los otros, de las necesidades de los hermanos, de la vida física y anímica de quienes me rodean (esto parece una gran tarea en medio de la pandemia que afecta nuestra salud corporal y también sicológica). Cultivar nuestro espíritu, la relación con Dios, el buen humor, la conversa sincera y la amistad. Tal vez, trabajando, cuidando y cultivando de corazón la vida humana, nos acercamos a la vid verdadera, o sea, al amor verdadero y más profundo: la vida que entrega vida.
Que así sea. Amén
Juan Salazar Parra, S. J.
Las lecturas y la liturgia de hoy domingo, pueden ser vistas en:
http://www.eucaristiadiaria.cl/domingo.php
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