Domingo de Pascua. Año B. Resucitados en lo cotidiano

Hablar de Resurrección, del valor de la Vida y de la Alegría en medio de una pandemia que golpea duramente a diversos países (incluido el nuestro) puede resultar complejo; sin embargo, es precisamente en estos momentos cuando la vida recobra mayor valor, la alegría se extraña y el cuidado de unos por otros resulta fundamental para subsistir. La Resurrección está más presente que nunca hoy en plena pandemia.

El relato del Evangelio de hoy (según san Juan) nos muestra un signo del resucitado (el sepulcro vacío) y a tres personajes que acuden a él (María Magdalena, Pedro y el Discípulo Amado). El sepulcro, el lugar de la muerte, del encierro, de las ideas fijas, de las ansiedades y angustias, el espacio de lo oculto, está abierto. En "la fe del Resucitado" (parafraseando a san Pablo), todas esas dimensiones de nuestra vida que huelen a podrido, que se adormecen en la comodidad o el egoísmo, hoy reciben un nuevo aire, una nueva luz. Con la sola imagen del sepulcro vacío y la piedra corrida, ya somos invitados a respirar un nuevo aire, a confiar nuestras vidas en Dios, a vivir con alegría la posibilidad de estar en familia, el tener vecinos o una comunidad a la que confiar nuestros dolores y con quienes celebrar nuestras alegrías. Somos llamados a cuidar unos de los otros, a iluminarnos no con la política del terror, sino con la práctica de la verdad y la caridad.

Los personajes que se acercan a esa nueva vida resucitada nos señalan tres actitudes. La Magdalena es la primera en correr al sepulcro. Ve la tumba abierta, pero no entra. El miedo, en esta ocasión, se apoderó de ella (como se apodera de los otros discípulos unos versículos más adelante y también de nosotros en muchas ocasiones) y con tanta intranquilidad en el corazón (la tristeza de la muerte de su Maestro y la tumba supuestamente profanada) no es capaz de experimentar la alegría de la Resurrección. Pedro corre, es el último en llegar. Tiene ímpetu, energía, valentía para entrar al sepulcro. Ve que el cuerpo de Jesús no está. Tampoco tiene la capacidad de experimentar la alegría de la Resurrección. Su apuro, el deseo de tener la respuesta rápida, probablemente no lo dejan contemplar lo que el Maestro tantas veces le dijo. 

Es el Discípulo amado el que, llegando en segundo lugar y asomándose a la tumba al final del relato, "ve y cree". Ese discípulo somos todos nosotros, hombres y mujeres de fe, que queremos caminar junto al Señor. Los que, como ese Discípulo, vivimos nuestra vida de la mano de Jesús, tenemos deseos de estar cerca de Él, reconocemos la Resurrección y nos alegramos con la vida, no por ser los primeros en llegar, ni por ser los héroes de turno, sino por la fidelidad a la vida diaria. 

En nuestros hogares, en medio de los dolores de tantos y tantas, lavando ropa, haciendo largas filas para entrar al supermercado, saludando a los vecinos, buscando una lectura que alivie el corazón, siendo consistentes en nuestro trabajo, en esos y tantos otros lugares de la vida cotidiana, experimentamos la Resurrección y la Alegría de la Vida. Cuidemos esa vida resucitada, esa alegría interior que proviene de lo cotidiano. Así podremos cantar con el salmista "Este es el día que hizo el Señor". Sí. Porque ese día es todos y cada uno de los días.

Que así sea. Amén.

Juan Salazar Parra, S. J.








Comentarios

  1. Esa cotidianidad que es puro silencio (en sintonía con la reflexión del domingo anterior)

    Esa Resurrección y Reino que está en tantos detalles del día a día y que es posible ahondar en ellos si lo reflexionamos en silencio.

    O bien, ese silencio de tantas personas (pueblo de Dios) que hacen Reino sin saberlo. O lo saben, pero no hay cámaras, prensa o procesos de beatificación. (Recuerdo varias reflexiones de Josse sj al respecto)

    El silencio de Dios. El silencio del Reino.
    (...es de esperar que nos deje sordos)

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