Domingo 3 de Pascua. Año B. Testigos del Encuentro con la Vida.

Frente a este tercer domingo de Pascua, el evangelio de Lucas nos pone delante de la duda de la resurrección. El mundo contemporáneo nos ha invitado en no pocas oportunidades a dudar de las intenciones de las personas, de lo que dicen, de lo que piensan, de lo que hacen. Juzgamos antes de conocer a las personas, antes de vincularnos. Por eso dudamos y la Buena Noticia es que, en Jesús, ya no hay dudas que nos paralicen, sino movimiento que nos relaciona a unos con otros. El evangelio de este domingo nos mueve desde la duda hasta la admiración, llevándonos a la misión de ser testigos del Señor. 

Jesús vuelve a aparecer a los discípulos en este evangelio y vuelve a ofrecer la paz. Con todo, los discípulos parecen dubitativos, no aceptan con firmeza que a quien tienen a su lado es el mismo Jesús, su Maestro, aquel que los iría a liberar. Mucho podemos especular si el cuerpo resucitado es igual o no al de antes de la muerte (todo pareciera indicar que no es igual), pero lo que sí es cierto es que los amigos de Jesús necesitaban ver, tocar, escuchar y, especialmente, necesitaban compartir. Es en el momento en que se sienta a su mesa (del griego enópion autón) que brota la alegría y la admiración. En el fondo, no hay encuentro posible con Jesús, si no es a partir del compartir los bienes, de reconocer que hay vida verdadera en la humanidad de mis hermanos. Nada sacamos con aislarnos del mundo en criterios doctrinales, si no somos capaces de compartir la mesa con los que tienen dudas, con los alegres, con los que pasan penas, con los que piensan como uno y con los que no. Sólo en ese encuentro múltiple y diverso, podemos hallar Resurrección.

Y de ese encuentro brota el sentido de la misión. El anuncio de la Buena Noticia que hemos recibido desde antiguo, por la Ley, los Profetas y los Sabios, se ha cumplido en Jesús, y estamos invitados a anunciarlo. Ese anuncio, nuevamente, no es de una doctrina, sino de una experiencia. Aquello que hemos testimoniado (Lc 24,48), es decir, aquello que hemos experimentado vitalmente, en el encuentro con nuestros hermanos, es lo único que podemos anunciar y es lo que, de verdad, puede llegar a todas las naciones. No predicamos una doctrina moral ni una serie de reglas, no predicamos qué cosa es pecado y qué cosa no lo es. Siguiendo a  Lucas, predicamos única y exclusivamente el perdón. De él surge como fruto la reconciliación. Y de la reconciliación brota la unidad. Vinculados a nuestros hermanos, a sus necesidades, sin desentendernos del corazón de la humanidad, de sus dolores y angustias, de sus alegrías y triunfos, estaremos anunciando a Jesús resucitado y, tal vez, sólo así, podremos vivir lo que San Pablo nos invita: Ser UNO en Cristo (Gal 3,28).

Hoy, más que nunca, en plena pandemia, debemos predicar la unidad, el cuidado, el respeto, la reconciliación, la no violencia. Ese es Jesús resucitado, sus Palabras y Obras.

Que así sea. Amén.

Juan Salazar Parra, S. J.


Para obtener las lecturas de este domingo: http://www.eucaristiadiaria.cl/domingo.php

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