Domingo 4 de Cuaresma. Año B. La cruz, fuente de amor y salvación, plenitud y liberación.

El Evangelio de este domingo parece contrastar con la imagen que se nos ha predicado sobre la propia Cuaresma. Mientras se dice, en términos generales, que este tiempo litúrgico está dotado de sacrificios de ayuno o un tiempo para pensar en los pecados y convertirse, el texto de Juan es una verdadera "Buena Noticia", porque nos enseña que lo único que importa, al final del día, es el amor colocado en obras.

Cuando se realiza la comparación de Moisés levantando la serpiente en el desierto con Jesús que se eleva en la cruz, el autor del texto usa un verbo muy particular en griego: hypsoô. Éste puede significar dos cosas. Por un lado, en lo más físico (tal como han traducido muchas versiones de la Biblia) se puede entender como "elevar" o "levantar". Pero también, por otro lado, ese verbo puede significar "exaltar" o "llegar a su punto cúlmine". En verdad, podemos traducir que Jesús es "exaltado" o que "llega a su punto más importante" en la cruz. La cruz no es sinónimo, para Juan, de sufrimiento y muerte, sino, por el contrario, es el signo más elocuente de la vida plena (cúlmine), es fuente de salvación y de amor.

La cruz en el evangelio joánico no va a ser un símbolo de humillación o tortura (como algunos pensarán), sino la mayor expresión de la Gloria de Dios: el amor de un Dios que nos ha mirado con profundidad y se ha comprometido con su Pueblo. Por eso la cruz es compromiso con la vida de otros.

Hablamos de un amor que requiere de una respuesta. Si la vida de Jesús es concreta, nuestra respuesta también debe serlo. Dice un adagio popular que "amor con amor se paga". Se trata de obras concretas que movilizan la vida: el saludo en las mañanas, la sonrisa educada, la preocupación que podemos tener por las necesidades de los demás. Son todas expresiones concretas de amor. Juan nos presenta un amor que es capaz de salvar y no de condenar o juzgar. El que actúa con amor no juzga a la otra persona. 

Dios (el Padre)  y Jesús no se presentan ante nosotros como los jueces implacables: "Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgarlo sino para que se salve". Lo central de la experiencia de Jesús en nuestras vidas es la salvación, la liberación, la plenitud y la verdad. Quien no acepta una vida plena y verdadera, vive en la oscuridad, en la soledad de una vida inventada para las redes sociales o para aparentar, urde historias para cultivar una imagen falsa, publica infinitas fotos en Instagram para mostrarle al mundo una cara de su vida, pero jamás su vida verdadera. 

La invitación es a vivir la cruz, es decir, a experimentar el punto más alto de la vida de cualquier hombre o mujer: el Amor que se entrega. Vivir con honestidad, entablar relaciones verdaderas con nuestras familias, en nuestros lugares de trabajo o en las comunidades cristianas son expresiones de vida entregada, de amor. La vida misma es la cruz, es la Gloria de Dios que nos salva por el amor vivido y practicado a diario, como Jesús mismo nos salva con su vida y y nos invita a ser fuente de salvación para el mundo. En sociedades cuyos miembros desconfían unos de otros, lugares donde hay heridas no sanadas, empobrecimiento y falta de dignidad, nuestra vida debe convertirse en cruz, es decir, en fuente de amor, verdad, plenitud y liberación.

Que así sea. Amén.

Juan Salazar Parra, S. J.


Una versión del evangelio puede encontrarla en:

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2021-03-14





Comentarios

  1. Que bueno es pensar y rezar una interpretación de la cruz que invita a algo bueno. Un modo para vivir.
    Que no cae en mortificaciones (Dios no quiere lo malo) pero que sabe que el Reino es contracorriente.

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