Domingo 3 de Cuaresma. Año B. Un Dios intensamente auténtico

Se nos presenta en el Evangelio de este domingo, un evento bastante conocido: Jesús expulsa a los mercaderes del templo. Sin embargo, el texto de san Juan destaca por su lugar en la narración y otros detalles del relato. 

Mientras todos los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) ubican este relato muy cerca de la Pasión, Juan lo coloca al comienzo del ministerio de Jesús. Sólo lo han antecedido el prólogo, el llamado a los discípulos y las bodas de Caná. Desde el comienzo del relato, como diría un gran maestro, el P. Johan Konings SJ, Juan nos quiere invitar a hacer una opción: estando sobre un muro, debemos decidir si bajamos a un lado o a otro, es decir, si estamos a favor o en contra de Jesús. En este caso, se trata de dos fuerzas opositoras: la del Señor y la de "los judíos". Jesús se vincula como hijo con Dios "la casa de mi Padre", mientras que "los judíos" se vinculan institucionalmente. Somos hijos de Dios, pero, lo más importante, debemos sentirnos hijos de Dios, para poder actuar como tales. Es la intensidad relacional de un hijo que no deja que "hablen mal" de su padre o de su madre. 

Por otro lado, el relato ocurre en tiempo de la celebración de la Pascua. Se trata de la fiesta más importante para los judíos, en ella se condensa el profundo sentido de la fe: Dios se ha vinculado con su Pueblo y lo salva constantemente. En medio del momento central de la vida de todo judío, los que participan de la fiesta han olvidado lo verdaderamente importante. No es sólo que no haya ofrendas para ofrecer los sacrificios (que, dicho sea de paso, la ley mandaba y, por lo tanto, era propio de un hombre/mujer piadoso), sino que han dejado entrar a los cambistas, es decir, a vendedores de monedas que eran capaces de aceptar las monedas de los romanos, de los opresores, en el corazón de la vida de fe de un hebreo: una traición mayor. En el fondo, se trata de una pregunta por la autenticidad. ¿A qué está destinado el templo? A la oración, es decir, a la relación con Dios. ¿En qué se ha convertido? En un lugar de intercambio comercial con aquellos que no se relacionan con Dios.  El enojo de Jesús no lo justifica el evangelista, sino que lo intensifica con sus palabras: desparrama monedas, derriba mesas, elabora látigos, etc. Es la intensidad que busca lo auténtico, que busca la verdad por la que estamos en el mundo.

Cuando vemos infinitas colas para conseguir dinero, cuando los bancos parecen tener mayor importancia que las escuelas y los hospitales, cuando las personas viven con miedo por el narcotráfico o la violencia, cuando las mujeres no tienen igualdad de derechos en la sociedad, entonces, sabemos que nuestro país (y muchos otros países) no es auténtico, no cumple con verdad su misión de velar por los derechos de todos los ciudadanos. Cuando nos relacionamos por conveniencia y miramos primero los apellidos o los lugares dónde nacieron, no nos vinculamos auténticamente. Esa es la locura y el escándalo que produce Jesús (según dice Pablo en la carta a los Corintios), porque lo que más importa es "el interior del hombre".

Esa es la intensidad que Jesús vivió y que nos invita a vivir: que nos relacionemos con verdad y que cumplamos la misión que Él nos ha confiado (no la que nos hemos construido por conveniencia). Tal vez así, podremos experimentar la calidez del vínculo permanente con Dios, como nos dice el salmo que entonamos en esta liturgia.

Juan Salazar Parra, S. J.








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