Miércoles de Ceninzas: Mirar(nos) con autenticidad

Tres lecturas nos llenan de sentido en esta ocasión para iniciar la Cuaresma, este Miércoles de Cenizas. La lectura de la profecía de Joel nos recuerda que la penitencia de ayuno es fundamental y que nadie se libra de ello. El evangelio refuerza la idea, adicionando la oración y la limosna como prácticas penitenciales. En ningún caso se trata exclusivamente de prácticas externas con contenido vacuo. Antes bien, se trata de lo más profundo, de la conversión del corazón (Jl 2,12; Mt 6 1-6; Sl 94,8), es decir, de lo más propia y auténticamente humano.

Vivimos en tiempos que parecen ser desechables, líquidos dirían algunos, pero también vivimos en tiempos de graves rigideces, de totalitarismos y generalizaciones. Los "todos" nos acompañan en la prensa y los diálogos de pasillo. No hay cabida en la sociedad para los individuos, sino que, a primera vista, todos son/somos parte de colectivos predefinidos.

La Palabra nos vuelve a recordar que no hay predefiniciones (que siempre comportan un prejuicio), sino que lo que importa es el ser humano en su individualidad y sus relaciones. Por ello, lo central de este tiempo no es la práctica de la penitencia, sino el sentido y la finalidad de ella. Se trata de buscar, ejercitar y vivir desde la autenticidad, desde sentimientos y prácticas auténticas. Lo auténtico no es lo "original", sino lo Verdadero. Que seamos quienes somos y hagamos lo que sintamos como llamado de Dios en nuestro corazón para el bien del mundo. Sólo nuestro deseo auténtico de auténtica conversión nos conducirá al encuentro también auténtico con nosotros mismos, con los demás, con la Naturaleza y, por lo tanto, con el Señor. La penitencia sólo será una ayuda para esa autenticidad, en la medida en que, saliendo de nuestros propios deseos, dejemos espacio para que entre el prójimo a nuestro corazón y, principalmente, para que entre Dios. 

La segunda lectura, de la Segunda carta a los Corintios (2Cor 5,20 - 6,2), resalta que estamos llamados a vivir un tiempo de reconciliación ante la inminencia de la venida del Salvador (parusia). La reconciliación supone volver la mirada y la vida hacia quien nos ha dañado. Es un cambio de posición, una verdadera conversión. La palabra conversión corresponde, en el Nuevo Testamento, a la traducción de dos términos griegos: metanoia epistrefo. El primero se refiere a una modificación de nuestro modo de pensar y concebir el mundo, y sería mejor traducirla por "vocación". La segunda palabra corresponde a las acciones, al cambio de rumbo físico y material, lo que podría ser, verdaderamente, "conversión". En este tiempo cuaresmal estamos invitados a vivir nuestra vocación de conversión, es decir, a cambiar el modo en que miramos el mundo y actuamos en él: una mirada más auténtica y reconciliada de la vida. 

No nos "confiemos de" las caretas o las pantallas, sino que "confiemos en" el corazón auténtico del ser humano. Tal vez, así podremos renovar la firmeza de nuestra vida (Sl 50), de la mano de Dios, porque, a final de cuentas, el sentido y la finalidad no sólo del tiempo de Cuaresma, sino de la vida misma están en el Señor.

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